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Galería de arte, Valencia (España)



Bill Thompson
Mayo 2009

Fernando Castro Flórez

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AUNQUE ALGUNOS PIENSAN

que la pintura contemporánea necesita de algún tipo de “vitamina”, en realidad los creadores, más allá de la ansiedad provocada por el vértigo de las tendencias, gozan de más salud que la del empantanado discurso crítico.

Tras décadas de peroratas sobre la hibridación o la deconstrucción estamos más que habituados a ver trabajos, como los de Bill Thompson, que están más allá de la ortodoxia modernista. Aquí no hay ni planitud ni gestualismo informalista.

Tampoco se trata de un heredero mimético de la minimalización, ese “estilo internacional” que ha convertido la parquedad en un suerte de dogma. Sus piezas, de una especial sensualidad, hipnotizan con sus brillos y curvas, incitando incluso al tacto, jugando con la estética de lo monocromático pero sin pretender que haya algo como un absoluto o una sublimidad filosófica tras su exactitud formal.

Thompson está reivindicando un concepto contemporáneo de belleza, esa noción que pasó de estar anatematizada en la modernidad (que vino a considerar lo satánico o incluso lo feo como claves de un talante decididamente melancólico o incapaz de seguir sosteniendo algo así como la utopía) a ser reivindicada cuando la conciencia de la post-historia se ha generalizado.

Hoy tenemos claro que el ornamento no es, como pretendiera el arquitecto Adolf Loos, “delito” sino que en ahí se localiza la una de las formas más intensas del placer estético. La obra sobre papel que expone Ana Serratosa revela que Bill Thompson no solo es capaz de crear esas maravillosas piezas que superan la diferencia entre pintura, escultura e instalación sino que en una superficie extremadamente acotada exprime al máximo su elegante imaginario.

Colores planos en diálogo, sin tensión, como en una danza en la que la curva establece un hermoso dominio. El vago recuerdo del op art e incluso de cierta psicodelia se expanden en una fiesta cromática que, desde su aparente sencillez, no enseña que el placer es un don, un detalle, una fulguración.

Fernando Castro Flórez