Blow up | Ana Serratosa
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Galería de arte, Valencia (España)


Blow up

Blow up
Bernardí Roig
Mayo 2012

"Blow up"

(…)Mientras Acteón se adentra en el bosque, en ese mismo escenario, Diana, la diosa de la maternidad suspendida, cansada de sus largas correrías, acaba de llegar a la fuente de las aguas puras, para, en otra cumbre de sinsentido, – ya que las diosas no sudan ni tienen calor-  bañarse desnuda.

Acteón se sigue adentrando en el bosque con sus perros. Thomas, al que no quisieron vender el cuadro con el paisaje, decide, en un acto de valentía, ir él mismo, con su camara fotográfica,  a buscar el paisaje. Con determinación y, sin ningún genero de dudas con arrogancia, acude al Marion Park , en el londinense barrio de Woolwich, donde, y atravesado por sutiles ráfagas de viento, ve lo que no debería haber visto.

Ambos, Acteón y Thomas, sabiendo, o no, el conflicto que se puede generar entre la mirada obstinada y la naturaleza, son cazadores y tienen hambre, uno de presas, el otro de imágenes. Ambos pagarán el precio de su osadía y del valeroso acto de la mirada.

Si es cierto que lo que vemos es lo que nos mira, deberíamos asumir también que lo que no vemos es, precisamente, lo que no deja de mirarnos. Pero eso aún no lo sabemos.

De vuelta a su estudio, dice Thomas, el fotógrafo, a las modelos: no quiero veros con  los ojos abiertos, parecen grietas. ! Cerrad los ojos! ¡Cerrad los ojos y quedaros así! Entonces se va, gestiona su incertidumbre y más tarde vuelve a la escena. Pregunta a su asistente:

¿Siguen esperando con los ojos cerrados?

Si, siguen esperando pero con los ojos abiertos.

¡Diles que los vuelvan a cerrar!

Abrimos los ojos y no vemos nada. Cerramos los ojos y, de golpe, lo vemos todo. Todo no, sólo lo que ya teníamos escondido y almacenado bajo esos pesados parpados de mármol.

El personaje de Thomas, el fotógrafo,  en el film de Antonioni, esta inspirado en el Thomas el oscuro de la novela de Blanchot, ambos sostienen que lo que caracteriza a una imagen es la imposibilidad de darse. Y ambos comparten la misma herida que Acteón: El ojo. Un ojo malherido por la oscuridad.

Los tres saben que lo que no es mirado no ocurre y que la mirada es lo único que garantiza los acontecimientos. También saben que sólo se puede uno asomar a la mirada desde la obsesión y la más extrema soledad, una  soledad que estalla como un vientre que revienta de la misma manera que una cordillera de silencios nos puede llenar la boca.

No en el Marion Park del londinense barrio de Woolwich, sino en el Parc Tournay-Solvay del distrito de Boitsforst de Bruselas hay un castillo, el Chateau Solvay.

El mayordomo de la famila Solvay, homosexual camuflado, gordo, blanquecino y con varios tics nerviosos, aficionado a mirar y a fotografiar lo que veía y lo que  no veía, vio, como ocurre continuamente, lo que no debía ver. Su amante ocasional, el escultor Jean Pierre K., antiguo amante de Leidy B., como era de esperar, enfermo de celos tallados a golpe de cincel por su mediocridad e inseguridad, no vio, pero si imaginó, que es mucho peor, la traición. Sometido brutalmente por la ira producida por lo que no vio, pero sí  imaginó,  y en mitad del deseo de una mañana de verano, asestó un golpe definitivo en la cabeza de su amado, la separó del cuerpo y quemó el castillo.

Ahora en el Parc Tournay-Solvay del distrito de Boitsforst de Bruselas hay un castillo quemado. También hay un lago, un sendero, varios caminos que se bifurcan, unos chopos enormes y un hermoso rosier. Seguramente, también, hay algún cadáver. Me atrevería decir que, quizás, hay varios cadáveres.

Sabemos que el tema es el cebo y que los cadáveres -el del mayordomo decapitado de la familia Solvay nunca apareció- no son más que las esculturas  que se instalan en el  espacio público. Pero el sueño es otro: un conjunto de esculturas en un parque publico que por la noche cambian de lugar o que durante varios días, no muchos, no estuviesen, o solo estuviese una, la mas perezosa, o que otro día estuviesen todas juntas y embaladas y al día siguiente, a primera hora, otra vez en sus emplazamientos iniciales, o que algunas, las mas antiguas, librasen los martes. Solo para confirmar su ligereza y su voluntad de ausencia y transitoriedad, no su carácter animado o mágico, sino la verificación  del carácter    ilusorio de nuestra experiencia, como hace Thomas, el fotógrafo, cuando vuelve al parque para asegurarse de que el cadáver que cree haber visto en las fotos ampliadas, sigue ahí. Pero el cadáver no sigue ahí, como era de esperar. Los cadáveres nunca se quedan donde los dejas(…)

 

Fragmento de BLOW UP (el itinerario), 2010 de Bernardi Roig