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Galería de arte, Valencia (España)


Peces de colores en la azotea

Peces de colores en la azotea
Carmen Calvo
Noviembre 2017

Rafael Gil

"Peces de colores en la azotea"

LA RECONSTRUCCIÓN DE LO COTIDIANO
Hacia 1717 el pintor francés Jean-Antoine Watteau (1684-1721) realizó un conjunto de cuatro pinturas ovales que representaban las Cuatro Estaciones, que probablemente sirvieron como puertas para el comedor del hotel Paris situado en la rue de Richelieu propiedad del rico banquero Pierre Crozat gran mecenas del artista. Aunque la obra de Watteau a menudo se asocia con el tema alegre conocido genéricamente como fête galante y las preocupaciones ornamentales del Rococó, es la combinación innovadora de la realidad y el artificio lo que hace que el trabajo de Watteau sea tan notable. De las cuatro obras originales, tan sólo se conserva en la actualidad la que representa a Ceres o Alegoría del Verano (óleo sobre lienzo, 141,5 x 115,7 cms., National Gallery of Art, Washington D.C.). La Primavera fue destruida por un incendio en 1966; el Otoño hace más de dos siglos que desapareció; y del Invierno se desconoce su paradero desde hace más de un siglo.
No obstante, conocemos las características de las cuatro obras originales de Watteau por los grabados que se realizaron hacia 1740. Dos de ellos, concretamente los que representan a Ceres o Alegoría del Verano, grabado por Marie-Jeanne Renard du Bos y el Otoño, obra de Etienne Fessard, fueron realizados para ilustrar el primer volumen del libro de Émile Dacier y Albert Vuaflart, Jean de Jullienne et les graveurs de Watteau en XVIIIe siècle, y son los dos grabados originales utilizados por Carmen Calvo para dos de las obras que se exponen ahora por primera vez. En uno de los grabados el Verano está representado por Ceres, la diosa romana de la cosecha empuñando una hoz mientras se sienta en las nubes entre gavillas de trigo. Las figuras que rodean a la diosa son dos gemelas rubias que llevan gavillas, el cangrejo de río y el león, que representan los símbolos zodiacales de Géminis, Cáncer y Leo propios de los meses de verano. Por lo que respecta al Otoño se representa mediante la figura del dios griego Dioniso, en la mitología romana Baco, indolente y andrógino, provisto de una lanza, mientras un fauno le escancia vino en una copa, y en la parte inferior, dos mujeres semidesnudas disfrutan del momento.
A partir de estos dos grabados Carmen Calvo se apropia de las imágenes del siglo XVIII y las convierte en una expresión nueva completamente actual. El complejo y completo vocabulario alegórico de ambos grabados inclinan a Calvo a simplificar su intervención a unos cuantos ojos en un caso o a un hilo dorado que sutilmente se introduce en la escena en el otro. Además ilumina con color algunas partes del grabado otorgándole el carácter de aquellas fotografías retocadas de finales del siglo XIX o principios del siglo XX.
Este mismo recurso cromático lo seguirá en las cinco estampas que representan diferentes dibujos de estudios anatómicos, tanto del sistema digestivo: intestino largo, páncreas, riñones y colon, como del sistema respiratorio: pulmones. Pero aquí la artista valenciana provee de distintos elementos las imágenes científicas. Objetos que le permiten descontextualizar el soporte y manifestar a través de ellos su propio universo.
Cuatro grabados de finales del siglo XIX que representan diferentes escenas de la vida burguesa cotidiana, una de ellas con niños jugando y las otras tres distintos momentos de galanteo, sirven a Carmen Calvo como soporte para colorearlos e intervenirlos, para transformarlos en piezas artísticas actuales. Porque la biografía reaparece continuamente en su obra. La biografía está en la selección de los objetos que introduce a modo de collage. Elementos que se ponen en relación con la educación, objetos propiamente infantiles o que son reminiscencia de la infancia, otros que tienen que ver con el paso del tiempo, con el mundo animal, con sus disquisiciones espirituales, o con su personal observación de la realidad. Objetos cotidianos abandonados, reconocibles, intervenidos, interpretados, adaptados que cobran nueva vida y que la artista convierte en obras de arte.
Todas las obras que ahora se presentan públicamente corresponden a una nueva producción de la artista. Sin embargo no ceja en su empeño de construir un universo personal, reconocible, tanto a partir del lenguaje que utiliza, como de sus constantes fantasías, preocupaciones, sueños y desvelos. No son sino una continuación de lo que siempre ha expresado Carmen Calvo, en ocasiones con barro, en otras con cristal, con caucho, con tapices o con pan de oro, pero en definitiva siempre la artista es fiel al su discurso interpretativo: de la educación, de la familia, del amor, de la religión, del sexo, en definitiva, de la vida.
Por otra parte, son muy sugerentes el conjunto de siete esculturas que Calvo ha creado para esta muestra. Las piezas descansan sobre peanas de pan de oro y están protegidas por una urna o fanal de cristal como aquellos maravillosos ramos de flores de época isabelina, compuestos a base de caracoles, conchas y demás objetos marinos. En su interior utiliza el proceso artístico del assemblage para conseguir la tridimensionalidad colocando diferentes objetos-no-artísticos, que comparten la característica de que no han sido diseñados con fines estéticos sino que han sido redescubiertos por la artista. El origen de esta solución se encuentra en aquellas pequeñas obras de Jean Dubuffet (1901-1985), que realizó en agosto de 1953 con alas de mariposa, aunque tanto Marcel Duchamp (1887-1968) como Pablo Picasso (1881-1973) ya habían trabajado esta técnica con anterioridad.
Estas piezas, creadas para lograr expresar un mensaje o emoción, representan a un mono reflejándose en el espejo de una polvera; un corazón de cera a partir de un tradicional exvoto con ojos que descansa sobre una mano de porcelana; la inocente figura de un Pinocchio con los ojos vendados y a sus pies una navaja abierta; la cabeza de madera de un maniquí sobre la que descansan una butaca, dos anzuelos con forma de pez, un caballo de juguete, una sillita y un zapato; una cabeza de cera, también procedente de un exvoto, de cuyos sendos ojos se desprenden la recreación de dos lágrimas y sobre la cual descansa un candelabro con cinco velas; un expositor de collares realizado en terciopelo sobre el que se muestran numerosos ojos; y finalmente, una estructura de hierro oxidado con dos ruedas de plástico sobre la que se exhibe una pieza dorada con delfines brillantes. La metáfora es un recurso recurrente en la obra de Carmen Calvo, porque su narrativa es un diario de preocupaciones, alegrías, ilusiones, tristezas, sueños, pérdidas y encuentros.
Si comenzábamos aludiendo a las representaciones dieciochescas de Watteau que describían con un vocabulario culto, alegórico, las Cuatro Estaciones, el lenguaje de Carmen Calvo no es sino una adecuación a la actualidad de aquellas expresiones a través de su personal visión del presente, de su pensamiento, de sus inquietudes y desasosiegos, aquellos que tenemos todos los seres humanos, que Calvo convierte en obras de arte inspiradoras y sugerentemente evocadoras. Su obra está llena de matices, es una búsqueda constante para encontrarse a sí misma, cuya complejidad radica no tanto en hallar su correcto significado, como en dejarse seducir por el juego de sus imágenes para conseguir aprehenderlas.
Rafael Gil Salinas
Catedrático de Historia del Arte
Universitat de València

Rafael Gil