Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra la política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola

Español

Galería de arte, Valencia (España)


Ciencia y arte

Ciencia y arte
Fabrizio Corneli
Abril 2016

Jaime Siles

"Ciencia y arte"

En su Salon de 1846 Baudelaire no dudaba en afirmar que la mejor explicación de un cuadro podía ser un soneto o una elegía sobre él. Nunca he estado muy seguro de ello por varias razones, de las que extraigo una : ésta – que un poema puede proponer una ekfrasis de una obra de arte o presentar una descripción de la misma, que será siempre una interpretación subjetiva de ella y , por tanto, nunca la misma obra de arte en sí. De ahí que – en el caso de Fabrizio Corneli- renuncie a toda tentativa de explicación poética – por tentadora que ésta sea, y debo reconocer que lo es, y mucho- y que opte por una aproximación a ella desde la mismidad que la constituye y la compone. Y eso que la constituye y la compone es – como no podía ser menos, tratándose de una obra inscrita en el misterio de la plástica y en la mágica óptica de la plasticidad- el juego de la luz y de la sombra : eso que Santiago Olmo definió como “la sombra de la luz” y que no es sino la luz en continuo diálogo con esa otredad suya, que es la sombra. Decía Walter Raleigh que ningún hombre camina sin su sombra. Y podríamos añadir nosotros que ninguna sombra existe sin su luz.   O lo que el poeta chileno Enrique Lihn expresó tal vez mejor que nadie : que “Cada cosa tiene su sombra” y “cada sombra, su luz”. Porque lo que a Corneli le interesa no es tanto el cuerpo o la figura como tales sino ese instante , equivalente al satori del haiku , en que se produce – fuera y dentro de nosotros- lo que los poetas del Extremo Oriente llaman una iluminación. Esa iluminación no deja de ser también – como en la pintura siempre lo fue- ilusionística. Y   ese deslumbramiento que en nosotros produce no hace sino aumentar – es decir : complicar- las capacidades de nuestra percepción. Sus Ondinas -de las que aquí pueden verse varias- hubieran entusiasmado al gran pintor del cuerpo en movimiento que quiso ser y fue Edgar Degas. De hecho, la primera de ellas – la Ondina 1– flota en el aire como una bailarina de ballet, mientras la segunda – la Ondina 4– lo hace en el agua sobre la que nada, mientras la última – de dimensiones más próximas a las de la primera- parece sumergirse en un fondo del que ignoramos su profundidad. Cada una de las tres Ondinas describe su propio movimiento , y es – precisamente como movimiento- como las podemos percibir e imaginar. Y ese es el efecto que su juego de sombras y de luz produce : el de un arte mixto entre la pintura y la escultura, que no es ninguna de ellas y que, sin embargo, es las dos. O mejor : que supone una puesta en escena de las dos. Y una puesta en escena que se realiza sobre un espacio que parece mágico y que no es el del lienzo ni tampoco exactamente el de la pared : es otro espacio como también es otro tiempo, y ese otro espacio y ese tiempo que estas creaciones de Corneli nos presentan no son ni del espacio ni del tiempo sino las de unas figuras tan imaginarias como nosotros mismos , que creemos mirarlas y que, como ellas nos recuerdan, no dejamos de ser a nuestro modo , como ellas al suyo, entes y figuras de ficción. Esto es lo que más imanta del arte de Corneli : su capacidad para envolvernos en una anamorfosis manierista que proyecta ante nuestros propios y extasiados ojos el espejo de nuestro no menos complejo y espejeante yo. Esse est percipi sostenía el filosofo Berkeley. Y lo mismo podría formularse al revés : si ser es ser percibido, ser percibido es ser. De ahí que lo que Corneli hace sean continuas percepciones del laberinto que es tanto el yo como la realidad. Nada más claro para comprenderlo que sus Laboratorios : esas sombras dentro de una esfera de cristal, iluminada sólo desde arriba, y dentro de la cual una figura humana acciona uno u otro de sus brazos. Su soledad es tanta como su prisión y su condena, pues la esfera de cristal funciona como una cárcel de la que el sujeto – de ahí el desesperado e inútil movimiento de sus brazos- no se consigue liberar. Esta instancia de su discurso ha sido interpretada por algunos como una alusión a Platón y al mito de la caverna.   Y no digo que no lo sea : estoy firmemente convencido de que lo puede ser, porque – si la plástica es una cosa mental , como expuso da Vinci- el arte de Corneli , además de mental, es filosófico. Quiero decir que inquiere, que investiga, que presunta, y que sus creaciones son el proceso que siguen sus respuestas. Porque Corneli se ha convertido no sólo en un creador de sombras – que es lo que de su arte, sobre todo, percibimos- sino en un centinela y custodio de la luz. O –para ser más exactos- de las luces. De ahí que – después de haber realizado sus Animulae, que remiten al famoso poema de despedida de la vida, escrito por el emperador Adriano, y con las que sus Laboratorios guardan una íntima y directa relación, y tras haber hecho instalaciones no menos sorprendentes- presente la creación de una galaxia, en la que la lava adquiere la máxima potencia de la luz, al tiempo que el cromatismo, antes ausente, abandona la monocromía a la que nos tenía acostumbrados y diluye la figura , antes concreta, en una composición abstracta, cuyo protagonista son las distintas manchas de color. Corneli actúa, pues, como un mago que fuera un científico que creyera que no el objeto sino la sugerencia del objeto es lo que confiere status artístico tanto a la mirada como a la visión.

 

Jaime Siles

Jaime Siles