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Galería de arte, Valencia (España)



Carlos Franco
Febrero 2008

Fernando Castro Flórez

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CON MUCHO ARTE

Carlos Franco es, sin ningún género de dudas, uno de los mejores pintores españoles contemporáneos, dotado de una imaginación extremadamente fértil y, sobre todo, de una desenvoltura plástica que le permite ampliar técnica y temáticamente la idea la pintura para dar cuenta de su insondable cauce de obsesiones.
Vinculado, con la típica pereza crítica, con la nueva figuración madrileña, lo cierto es que este creador ha realizado un viaje estético completamente personal en el que va desde lo mitológico a la fascinación por Brasil, de la construcción de un paisaje ideal a lo dionisiaco, del manierismo gestual a la asunción de procedimientos digitales de reproducción de la imagen. La preocupación de Carlos Franco por unir sentimiento y estilo en lo que llama mestizaje interior o mesticismo es, a fin de cuentas, una completa libertad creativa gracias a la que asistimos a un lujoso desnudamiento de la pintura.

Los cuadros de Carlos Franco pueden ponerse en relación lo alegórico, que es una actitud a la vez que una técnica, una percepción al mismo tiempo que un procedimiento. El origen de la alegoría es el comentario y la exégesis, son imágenes que han sido objeto de apropiación: es este aspecto metatextual el que se invoca cuando se ataca la alegoría como interpretación meramente añadida post-facto a una obra, un ornamento o una ostentación retóricas. El paradigma para la obra alegórica es así el palimpsesto o, en términos de construccionistas, el suplemento.

Ciertamente, la alegoría se ve atraida coherentemente hacia lo fragmentario, lo imperfecto e incompleto, las citas pueden entonces contemplarse de la misma forma que lo fueron las “ruinas románticas”La estética de Carlos Franco puede entenderse como una dramatización de la representación, un impulso alegórico que parte de la evidencia de que la alegoría es un acertijo, una sofisticada composición de imágenes.

Junto a la estrategia alegórica es manifiesta la determinación ornamental, la experiencia vital del lujo, trazando una línea de resistencia frente a la hegemonía mínimal que, en muchas ocasiones, revela tanto la completa cortedad de miras e incluso la ausencia de intensidad creativa. Carlos Franco demuestra que es posible conciliar el exceso barroco, el sobre-plegamiento de las imágenes, con la contundencia visual y, sobre todo, con la capacidad para generar en el autor hondas pasiones al mismo tiempo que se le deja un amplio espacio hermeneútico en el que introducir sus propias tramas y fábulas.

En la obra de Carlos Franco se advierte una intensa preocupación por la historia de la pintura, que el encarna apartándose de una determinación anticuaria o puramente monumental. Y, por supuesto, un artista que reconsidera con lucidez la singularidad cultural española tiene que abordar el tema de la tauromaquia en la que dejaron profunda huella, entre otros, Goya o Picasso. Contemplando las diez obras que conforman la carpeta Tauromía de Carlos Franco advierto esa magistral mezcla de clasicismo y contemporaneidad, de estampa canónica y cromatismo desbordante. Hay un respeto extremo en la aproximación al arte de cuchares y, sobre todo evitando la mirada “folclorizante” Da la impresión de que el artista no está en el graderío sino en la arena, cerca del torero como si fuera uno más de ese arriesgado ejercicio en el que se bordea la muerte. La calavera aparece como una premonición en la imagen del “Picador” y el banderillero yace en otra pieza muerto con el toro, literalmente, encima de él.

A pesar del enorme dramatismo de esta tauromaquia aparece, como en Picasso, una suerte de ternura y una aceptación de la hondura de ese ritual. El genial pintor malagueño tensaba sus visiones de la plaza con la fecundidad prehistórica y con la fascinación de lo aborigen. “Pintor y grabador de Lascaux, de Altamira  ha dicho de Picasso Rene Char- de todos los lugares donde el toro estuvo presente”.

En el año 1933 Picasso ilustró la revista surrealista Minotaure, enfrentándose a esa bestia híbrida de humanidad con enorme libertad. Es manifiesto que su Minotauro está fuera del laberinto, ajeno a la literalidad del mito, participando de la frivolidad báquica. El minotauro de Picasso aúna la tristeza y la ternura del drama inevitable que está sedimentado tanto en el rito mortal de la corrida de toros cuanto en los estratos de la mitología clásica. Sin duda, Picasso se identifica con ese animal derrotado por medio de la astucia femenina: en el Minotauro concreta su preocupación por la vida metamórfica. Carlos Franco, por su parte, no realiza una proyección subjetiva sobre el fiero habitante del la astuta construcción dedálica sino que, como he indicado, coloca su mirada en la zona del subalterno o, para decirlo en términos taurinos, está al quite, sabedor de que los pases y los adornos del maestro pueden acabar de forma fatal. A Carlos Franco le gusta asumir riesgos. Y, ciertamente, al hacer suya la tauromaquia no tiene miedo al dogmatismo de los cabales ni a la verbosidad de los detractores de la fiesta. Él admira la plasticidad de es tiempo excepcional de la corrida, a rotunda democracia que allí se impone y, por supuesto, la radical aparición de lo sacrificial.

Disfruta, como pintor, de la coreografía sobria del torero y, al mismo tiempo, de la esperanza que conserva esa multitud que, en sus grabados, es una suerte de “puntillismo”. Lo mágico, lo imprevisible y lo mortal están trenzados en la tauromaquia. Pero también ahí surge la ensoñación y la angustia. En el momento de la estocada, Carlos Franco confronta el rostro del matador y el de otro que acaso sea el mismo en una dimensión desconocida. El toro está embarcado en un capotazo y, al humillar, parece que descubriera un campo de color en el que su imagen está contenida en una aberración óptica.

Esta maravillosa Tauromía propone, con sutileza, una interpretación de la Fiesta como espacio de reconocimientos del yo y, al mismo tiempo, de fraternidad ceremonial con los otros, de tiempo donde los colores exaltados nos apartan de la banalidad imperialista y de acontecimientos literalmente mortales que nos recuerdan que somos, como bien sabían los griegos, los efímeros. Una mujer da, finalmente, la puntilla. Justa conclusión de un ciclo deseante, de una gesta taurina en la que Carlos Franco demuestra que conoce los terrenos que pisa.

Fernando Castro Flórez