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Galería de arte, Valencia (España)


De las montañas a las adventicias

De las montañas a las adventicias
Jose Luis Albelda
Mayo 2010

José Saborit

"De las montañas a las adventicias"

VIDA SOBRE LA VIDA. VIDA SOBRE LA VIDA EN DOS SENTIDOS

No debe entenderse esta exposición simplemente como una evolución temática desde lo inerte hacia lo vital, desde una naturaleza de montañas, canteras, humo y agua, hacia la redentora germinación de hierbas y plantas que recubren la piel desabrigada de la tierra. No hay más belleza en lo vivo que en lo inerte en la representación del mundo a través de la pintura. Ambos, lo inerte y lo vital, se entrelazan en el continuo y polimórfico ciclo de la naturaleza a la que pertenecemos.

Pero ¿por qué pintar adventicias, detenernos en tan insignificantes hierbas y flores? Y sobre todo después de Durero, de Fra Angélico, de Botticelli. A excepción de algunas pocas obras como los conocidos estudios de adventicias de Durero, en los que se erigen como motivo principal de la pintura, las hierbas y pequeñas plantas pintadas en los siglos que nos anteceden circundaban la composición principal y colonizaban los lindes del lienzo. Respondían a la identidad que les había sido atribuida: belleza de complemento en la periferia de la pintura, pero con la misma minuciosa factura que la empleada para los encajes de las vestiduras y el claroscuro de los rostros. ¿Retomar, pues, las hierbas de Durero? ¿con qué finalidad? No soy quién para emular o rendir homenajes, ni pienso que eso sea tarea de la pintura, más bien me considero un modesto aprendiz de los maestros de las montañas y de las adventicias, de Friedrich, de Patinir y Blossfeldt, que quiere continuar la tarea de pintar con el mismo esmero lo grande y lo pequeño, mostrando su idéntico valor. Deseo recrear el milagro de las adventicias que cada primavera tapizan la tierra aparentemente estéril con el más bello y espontáneo manto de vida multiforme, espléndida y breve. Rotunda metáfora de la vida en la que yo creo: atenta a su tarea de ser y sin vanas preguntas sobre la corta plenitud y la rapidez del deterioro. Una parte de la belleza que en ellas percibimos proviene precisamente de la consciencia de su fugacidad, una fugacidad entendida como don, no como defecto. La vida justa, ni corta ni larga, la suficiente para crecer, ofrecerse, acoger a la abejas y aventar sus semillas.

No hay mejor composición que la que espontáneamente nos ofrecen las adventicias con el entrecruzamiento de sus tallos junto a los infinitos traslapos, matices y contrastes imposibles de percibir y de representar en toda su complejidad. La coexistencia de la amapola con el cardo y el espino, la ruda junto a la manzanilla y la aliaga. La vida impredecible y azarosa, sin más objeto que su dignísima omnipresencia breve. ¿Para quién, las adventicias? Se bastan a sí mismas, su existencia es la expresión de la gratuidad extrema, del misterio de la vida y de sus ciclos, ofreciéndonos el privilegio de una belleza que ni siquiera suele ser admirada.

La enseñanza de las adventicias. Quien sepa admirar, pintar, inclinarse ante las adventicias, habrá comprendido algo de lo importante. Aprender a abajar la mirada o, mejor aun, abdicar de la verticalidad, tumbarse a su mismo nivel con nuestros ojos a la altura de sus tallos. Permanecer viviendo su tiempo, contemplando los cálices y las semillas, y los vilanos volando. Al levantarnos ya no seremos exactamente los mismos, nuestra percepción de la escala y nuestra jerarquía de valores habrán cambiado en algo, quizás decisivo. Nunca volveremos a sentirnos por encima de las adventicias ni de todo aquello que éstas simbolizan. Adiestraremos la mirada que acepta el declive y aprende a percibir todos los matices del deshacimiento. También son bellas cuando se reseca su savia, cuando se vuelven fibrosos los tallos y se inclinan hacia la tierra primera y última, como la columna dorsal de los mamíferos vencidos. En unas semanas el suelo habrá acogido de nuevo toda la biodiversidad vegetal que antes nos brindó, y la tierra quedará preñada por millones de semillas.

¿Es acaso el ciclo de las adventicias distinto al de las estrellas, al de los humanos o las sequoias? Fuera de la escala y del tiempo, lo esencial les es común. Pues lo que realmente importa son los finos hilos que vinculan todo lo que existe, y el movimiento que siempre lo va mudando sin importarle su duración, sabiendo que la totalidad se resume en un espacio suspendido sin excesivas jerarquías, donde se disuelve lo grande en lo pequeño y lo humano se entrelaza con los astros. La montaña y la hierba se hermanan en el lenguaje de la pintura: no es más grande la roca que el trébol, ni más bella la flor que la cima. Pintar el retrato de una adventicia con la dignidad de un rostro humano, y ofrecerle el mismo espacio de pan de oro que otrora se reservaba para lo poderoso y lo sagrado. Ambas, la hierba y la montaña, se merecen el privilegio y la caricia del pincel, los mismos óleos y la mejor esencia de trementina.

Así también en nuestra vida, el aprendizaje de las adventicias: atender a los momentos casi imperceptibles, evitar el descuido ante la plenitud humilde, adiestrarnos en la consciencia de lo esencial. La tarea de las adventicias, la tarea de lo humano: cumplir con justeza nuestros ciclos y ser conscientes del fugaz privilegio de la existencia.

José Saborit