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Galería de arte, Valencia (España)


El rumor de la altitud

El rumor de la altitud
Françoise Vanneraud
Abril 2018

David Barro

"El rumor de la altitud"

El límite donde tiembla lo posible

“Crear es generar un estado de disponibilidad, en el que la primera cosa creada es el vacío, un espacio vacío”

José Ángel Valente en conversación con Antoni Tàpies.

Comunicación sobre el muro

En una primera mirada, resulta curioso advertir cómo las obras de Françoise Vanneraud tienden a la interiorización, como si tratasen de mirarse hacia adentro, al tiempo que en ellas aflora una tensión al exterior, al horizonte. La ecuación no es fácil. Aunque asumible si partimos de una premisa paradójica: la imagen del mundo alcanza su plenitud en pequeños fragmentos.

En su trabajo, el conocimiento -lo histórico, lo estadístico- y lo afectivo -lo personal, lo cotidiano, lo psíquico- se construyen activamente. Porque la propia noción de cultura no es algo dado, sino conformado, y tiene en sí misma una dimensión aleatoria. Si en el dadaísmo las fotografías recortadas y recompuestas convierten el arte en un medio propicio para recomponer el orden político, en Françoise Vanneraud todo ello se extrapola al orden de lo emocional y lo empírico. Porque la dinámica del collage es inmanente al arte contemporáneo y aquí, esta suerte de ensamblajes de experiencias fragmentarias, bascula entre lo palpable y lo incierto a modo de pregunta o cuestionamiento, pero también de viaje, de deriva.

En las obras de Françoise Vanneraud permanece latente una energía que emana de la colisión, roce o conexión productiva de materiales, formas y disciplinas artísticas diferentes. También de registros temporales diversos. Es algo que Arthur C. Danto intuye al respecto de los montajes dadaístas, porque la tarea ya no es representar el mundo sino recomponerlo. En otras palabras, se trata de proponer metáforas de lo que recordamos y conocemos como realidad a partir de una obra capaz de declinarse como acontecimiento sin dejar de funcionar como una superficie de tránsito. Así, los elementos que componen las obras de Françoise Vanneraud se deslizan y disgregan en una imagen del mundo atomizada, íntima y a la vez exteriorizada, manifiesta y al tiempo recóndita.

Es evidente que el arte contemporáneo es más que nunca una ciencia del comportamiento y que ya no obedece a la simple estética de la contemplación. La experiencia de la recepción artística en la modernidad parte de la superación del punto de vista inalterable dominante desde la perspectiva renacentista y en trabajos como el de Françoise Vanneraud se enfatiza con ese interés por el vagabundeo y por el tiempo vivido. De todo ello, podemos extraer que en la obra de Françoise Vanneraud, y en su atracción por el espacio intersticial, cohabita una curiosa adhesión al vacío. Entiendo que todo ello se inscribe en su interés por reflexionar acerca de la memoria y su opuesto, el olvido. La obra se construye así desde la precariedad de ese vacío, en sus márgenes, dejando que la forma lo cerque, como en la poesía. Porque nada está más cerca de esta que el dibujo, que es, antes de nada, resto, rastro de un tiempo. Se convoca así una suerte de evocación del desarraigo, que nos lleva directamente a la propia experiencia vital de la artista. De ahí la suspensión del sentido. Porque el arte más interesante siempre concibe lugares propios. Y por eso la propuesta del enigma siempre se mantiene, independientemente de las muchas lecturas que puedan recrearlo, porque parte de la realidad siempre permanecerá plegada, como los papeles de Françoise Vanneraud.

Efectivamente, en estas obras existe un proceso de interiorización, que permanece encriptado y oculto hasta que se desenrolla y se convierte en mapa desde el que perderse. Como espectadores nos vemos obligados a emprender ese viaje incierto, fronterizo. No cabe otra cosa que caminar, que mapear el territorio propuesto por la artista, capaz de unir lo artificial y lo natural, conjugando una narrativa abierta a partir de mapas geológicos, dibujos de montañas, pequeñas piezas de escayola o los característicos elementos de resina para la práctica de la escalada. Curioso archivo que se enrosca sobre sí mismo y que como espectadores también debemos archivar, darle una vuelta de tuerca para deconstruir su contenido con lógica derridiana.

En este sentido, si nos detenemos en el pensamiento de Jacques Derrida, advertiremos como para este la ruina es una memoria abierta que nos deja ver sin mostrarnos nada en absoluto/del todo. También estas obras dejan ver y ocultan al tiempo. Es una forma de hacer memoria, que es evidentemente un acto performativo, capaz de instaurar lo emocional y lo histórico, lo estadístico y lo físico. Porque como espectadores solo podemos entender esta suerte de archivo desde la óptica que Foucault retoma de Blanchot cuando dice que ya no existe la biblioteca y a partir de ahora cada uno leerá a su aire. Foucault nos recuerda que ya no existe ese recogimiento y que hay tantos itinerarios o bibliotecas posibles como personas que quieran interrogar la historia o la tradición.

Formalmente, resulta sugerente cómo el fragmento, lo frágil, aquí es una forma perfecta en su rotunda brevedad. También es importante subrayar que el tiempo de recepción es intencionadamente fragmentario, desdoblándose en diferentes hipótesis, temporalizando el espacio. Existe cierta disposición provisional que provoca tensiones, dudas. Porque lo que está en apariencia inacabado incita a la exploración, al descubrimiento, a la escalada. Todo responde a una voluntad muy contemporánea de quebrar los discursos y las formas para transformar lo aprehendido en una deriva donde el tiempo se ausenta. Es nuestra forma de desarraigo. La incertidumbre se prolonga. La tensión se instala. La errancia se impone y la realidad se organiza hasta concretarse en una esencia abstracta.

Es comprensible que el dibujo de Françoise Vanneraud -ya sea sobre papel o a partir de estructuras que conforman formas en el espacio- abrace la noción del campo expandido de Rosalind Krauss, convirtiendo el contexto -la arquitectura, el espacio- en contenido. El acto de dibujar, esta suerte de escultórico décollage, se conforma entonces como itinerario posible, como paisaje físico y accidentado. Porque lo que se dibuja es la sensación, la resonancia, cierta vibración que va de un nivel a otro. Los límites se desbordan, se exceden, se proyectan.

Esa lectura de campo abierto, atonal, sin jerarquías, es la guía que la artista utiliza para destilar sus reflexiones convocando lo paradójico. Y nada mejor que el dibujo para todo ello, ya que es un medio capaz de sugerir intimidad y recogimiento al tiempo que es quien de significarse como medio idóneo para la expresión y la ruptura. Dibujar es algo físico y es la forma más personal de fabricar una imagen. Lo señaló con especial lucidez la poeta María Zambrano: el dibujo es la soledad de la imagen, el trazo que deja la vida en su transcurrir.

David Barro