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Galería de arte, Valencia (España)


EL PASO DEL TIEMPO EN LA OBRA DE MARCO VERONESE

EL PASO DEL TIEMPO EN LA OBRA DE MARCO VERONESE
Marco Veronese
Febrero 2013

Javier Molins

"EL PASO DEL TIEMPO EN LA OBRA DE MARCO VERONESE"

Hay artistas que miran a un paisaje e intentan plasmarlo en su obra de manera fidedigna, otros que miran a su interior de donde surge todo un mundo propio y otros que miran a la Historia del Arte para reinterpretar otras obras bajo el prisma de su propia mirada. Sin duda alguna, Marco Veronese (Biella, Italia, 1962) pertenece a este último grupo.

La obra de Veronese, de la que ya pudimos ver una muestra en este espacio de Ana Serratosa en noviembre de 2010, se nutre tanto del retrato del Renacimiento como del bodegón que surgió en Holanda en el siglo XVII. Las imágenes de retratos de artistas como Bronzino o Rafael son una constante a lo largo de su obra, unos iconos que, en muchas ocasiones, van acompañados de inquietantes calaveras.

Estas calaveras nos remiten a ese característico subgénero del bodegón conocido como “Vanitas”. Un término latino que tiene su origen en la siguiente frase del Eclesiastés: “Vanitas vanitatum omnia vanitas” (“vanidad de vanidades, todo es vanidad”). Con esta frase, se nos quiere recordar la inutilidad de los placeres mundanos y la fragilidad y brevedad de la vida. Un pensamiento que ha sido una constante a lo largo de la Historia del Arte y que también recibe la denominación de “Memento mori”, que a su vez tiene su origen en esa curiosa costumbre del antiguo Imperio Romano consistente en que, cuando un general entraba triunfante en Roma, le acompañaba un sirviente en su carro que le repetía continuamente: “Hominem te esse memento!” (“¡Recuerda que eres un hombre!”). Del mismo modo, estas calaveras de Veronesi nos recuerdan que somos humanos, que el tiempo pasa y que a todos nos espera la muerte.

Estos cráneos humanos suelen aparecer en los bodegones del género “Vanitas” acompañados de otros elementos que nos indican también la fugacidad del tiempo, como son las frutas, las flores o los relojes de arena. Por su parte, Veronesi recurre a las mariposas. Un ser vivo que también está destinado a perecer pero al que, al mismo tiempo, somos capaces de disecar y evitar así que se descomponga su cuerpo. Cuando observamos las mariposas de Veronesi no sabemos si están vivas o disecadas, si actúan como un ser vivo al que afectará el inexorable paso del tiempo y que acabará descomponiéndose, o si, por el contrario, están disecadas y actúan como una calavera, que ya ha adoptado su forma definitiva.

Y es que, en cierto modo, la mirada de un artista y la del espectador funciona de forma muy parecida a la del entomólogo que observa a los insectos, y tanto el arte como la entomología son prácticas propias del ser humano que hunden sus raíces en el origen del propio hombre.

Una prueba de que el artista es un ser que observa el mundo que le rodea reside en la nueva línea de trabajo de Veronese que podemos ver en esta exposición compuesta por una serie de alfombras.

Marco Veronese ha cambiado recientemente su Italia natal por la mítica ciudad de Estambul. Gauguin fue quizás el primer artista que dejó la civilización occidental en busca del primitivismo de las Islas de la Polinesia. Esa huida hacia mundos más auténticos fue seguida luego por otros muchos otros artistas que abandonaron el comodidad y la seguridad de las sociedades occidentales por el exotismo de otras culturas más primitivas. Estambul simboliza, por una parte, el exotismo de la vieja Constantinopla y la puerta de entrada hacia Asia, y, por otra parte, representa ese cambio de paradigma económico que ha hundido en una crisis económica sin precedentes a Europa frente al surgimiento de nuevas economías como es el caso de Turquía.

El exotismo de Estambul lo encontramos en sus palacios a orillas del Bósforo, en sus impresionantes mezquitas como Santa Sofía o en sus mercados de especies. Pero, al mismo tiempo, se trata de una ciudad moderna perteneciente a una economía en continuo crecimiento.

Una de las tradiciones milenarias de Turquía es la fabricación de alfombras. No en vano la más antigua que se conserva fue descubierta en el valle de Paznik y data del siglo V a.C. El término alfombra (al-jumbra, en árabe) tiene su origen en Asia Central, desde donde se extendió a todo el mundo. Mientras que en las culturas orientales las alfombras presentan un carácter más funcional (son destinadas a calentar el suelo y a la oración), en Occiente son utilizadas más como elementos decorativos.

Veronese mezcla ambas culturas en su obra y utiliza la alfombra como un soporte más para sus creaciones. Son alfombras de lana, como las turcas, en las que aparecen sus características calaveras junto a motivos geométricos. Pero, al mismo tiempo, son obras que funcionan del mismo modo que los tapices que tanto éxito tuvieron en las cortes reales de Occidente y que cultivaron artistas como Rafael, Rubens o Goya. Estos tapices también surgieron en un primer momento con la finalidad de calentar las paredes de los palacios pero con el tiempo surgió toda una industría dedicada a su confección como obras de arte, como son los famosos tapices de Flandes, los tapices gobelinos de París o la Real Fábrica de Tapices de Madrid.

Un soporte que utilizaron a lo largo del siglo XX artistas como Joan Miró o Eduardo Chillida, y que actualmente siguen trabajando autores contemporáneos como Marc Quinn, Grayson Perry, Alighiero Boetti o Antonio Girbés.

Por tanto, estas alfombras de Veronesi simbolizarían ese cruce de culturas que es Estambul. Aunarían un soporte propio de Oriente, como es la alfombra de lana con motivos geométricos, con una imaginería propia de Occiente, el “memento mori” que ya estaba presente en la Antigua Roma. Todo un ejemplo de que  todo arte constituye un auténtico diálogo con el pasado.

 

 

Javier Molins