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Galería de arte, Valencia (España)



Dennis Hollingsworth
Diciembre 2006

Fernando Castro Flórez

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EL PLACER INTACTO

El primer deseo es el de tocar. Apenas pude contenerme, Estaba allí, frente a cuadros hipnóticos, con unas ganas enormes de, como se dice castizamente, “meterles mano”. Mi admiración hacia este artista era grande pero, súbitamente, se acrecentó. No tenía ninguna duda, me encontraba ante unas obras excepcionales, de una belleza difícil de describir, marcadas por una intensidad y convicción memorable. Después de haber sufrido, cosa normal en esta época “malaya”, tanto arte indigesto e incluso vomitivo (no exagero), por fin podía gozar estéticamente con algo suculento. Y, allí en una habitación que era pura penumbra, con un potente foco iluminado uno de los cuadros, lo único que pasaba por mi mente febril era que necesitaba acariciar aquellas superficies de colores excitantes. Acaso para ocultar mis perversas intenciones, con el fin de distraerle, lancé una pregunta sobre su concepción del gesto, como si fuera necesario que trazara una distinción con la pintura heroica americana. Dennis, con enorme amabilidad e inteligencia, desgranó una serie de ideas que no eran, ni mucho menos, cháchara, antes al contrario, revelaban una mente tremendamente articulada y con plena conciencia de lo que estaba haciendo y, especialmente, de qué relación tenía su propuesta con el contexto pictórico contemporáneo. Nombré, llevado por la típica manía comparatista del crítico perezoso o necesitado de parapetos, a Pia Fries y deje caer el término “discontinuidad” para luego apelar a la cuestión de la intensidad rota. En realidad, lo que estaba comenzando a fraguarse en mi mirada era la sensación de que allí estaban sedimentados diferentes temporalidades e incluso estados de ánimo variables. Pero, no voy a ocultar que, en verdad, no estaba interesado, en ese momento, en los artificios teoréticos y además la suave voz del pintor estaba desvaneciéndose mientras yo no dejaba de recorrer la superficie fascinante de los cuadros. Me levante y, decididamente, llegué hasta una cercanía extrema. Aquello tenía el aspecto de frescura absoluta, daba la sensación de que, sin la intervención de la mano humana, había surgido allí todo eso, esto es, se trataba de una realidad autónoma. Abstracta y, al mismo tiempo, poderosamente concreta.

La imaginación emprendía el vuelo o, para ser más preciso, se arrojaba al elemento acuático, dejaba que lo fluido gobernara a la visión. Dennis Hollingsworth está poseído por la ensoñación de las aguas, en el sentido de Bachelard, sin caer, en ningún momento, en lo descriptivo o figural.

Despistado, poseído todavía por el deseo táctil encontré, en un estrecho pasillo, un cuadro de fondo intensamente azul. Aquello era el fondo del mar o un arrecife, poblado por esponjas, erizos y corales, un espacio que no debía ser profanado, intocable, mágico. De pronto yo era un buzo sin palabras, sorprendido por la belleza de algo secreto, impulasado por una pasión pictórica que ya, desaforado, me llevaba no tanto a tocar cuanto a pasar la lengua por la superficie de aquello. Un recuerdo apareció, sin ser convocado, procedente de lo más recóndito de mi memoria literaria: Platón habla en el Sofista de pintores que muestran de lejos sus obras y, mientras nos mantenemos a distancia, conservan su unidad homogénea pero cuando nos aproximamos todo se disuelve y ya no vemos sino masas que no se parecen a nada. La singularidad de la obra de Hollingsworth se mantiene nos situemos donde quiera que sea. Eso que es, siempre, pintura es, por otro lado, algo que nos estimula y lleva a una pérdida feliz: tocamos con la mirada. La sinestesia acontece cuando comprendemos que no debemos meter nuestra mano ahí y que tampoco cabe masticar eso tan atractivo. La imponente belleza de estas obras materializa la mágica pasión intacta. En una mesa, cerca de los cuadros yacían bloques de pintura fresca e incitadora.

Supongo que Dennis contempla, durante instantes frenéticos en la soledad del estudio, como esos colores germinan en la superficie bidimensional. Tengo la certeza de que él es el primero que sufre los encantos de aquella superficie que es, valga la paradoja, un fondo, de esas formas erizadas que evocan lo sedoso. Todas esas texturas me atraparon cuando yo quería tocarlas y ahora siento que mi texto apenas es capaz de dar cuenta de la belleza que esas obras encarnan. Puede que sea un problema de mi pensamiento o, mejor, experimento un límite de la lengua, esa parte, siempre húmeda, del cuerpo que llegó a desear una fusión con la pintura, la magia que mantiene, auráticamente, a distancia por cerca que se pueda estar.

Fernando Castro Flórez