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Galería de arte, Valencia (España)


Flowers & Faces

Flowers & Faces
Bernardí Roig
Septiembre 2016

"Flowers & Faces"

Debido a la insistencia de los acontecimientos y una vez asumida la insubordinación declarada de los afectos, el catedrático Max-Friederich Enggelton de la Universidad de Harvard declaró, casi sin pestañear, que los rostros  y no las flores eran, sin duda alguna, la imagen del deseo insatisfecho. Obviamente el silencio en el auditorio fue ensordecedor. Nadie, ni los más atrevidos, osaron, no sólo abrir la boca, sino tan siquiera a  parpadear.

El silencio consiguió petrificar el tiempo y la sucesión de instantes fueron embalsamados. La frase del catedrático Max-Friederich Enggelton de la Universidad de Harvard había atravesado por completo aquel  lugar y había perforado de tal modo los aparatos auditivos del público que la parálisis fue definitiva. Todo un largo camino empedrado de miedo para llegar a esta tremenda conclusión.

Pero, tal y como ya nos tienen acostumbrados la sedimentación de los hechos, alguien -no el mas osado, ni el de mas coraje, ni por supuesto el mas va valiente,  no, solo alguien que podría ser cualquiera-  movió, casi sin darse cuenta, la aleta derecha que circunda su fosa nasal y olió el silencio. Ese pequeño gesto, por otra parte natural, provocó un estruendo monstruoso que fue el principio del fin de la hegemonía del olfato sobre el pensamiento. A partir de ese instante fundador y absolutamente revolucionario ya nada fue lo mismo en las sociedades del capitalismo avanzado. Evidentemente, el hombre que  movió, casi sin darse cuenta, la aleta derecha que circunda su fosa nasal y olió el silencio fue condenado de por vida a llevar su nariz en una jaula. Eso lo sabemos ahora.

Porque esta historia la cuenta Wanda -que odia las flores pero sobretodo su olor- mientras observa a Georgia desde el rellano de la escalera con las manos apoyadas en la barandilla, primero, y con la barbilla apoyada en las manos, después. Sabemos de su escepticismo porque lleva el pelo demasiado corto, como para ya no gustar a los hombres, y su único aliado es una montaña de recuerdos que por alguna razón están descuartizados.

Fuera no llueve; pero si lloviese los coches, inexplicablemente, seguirían descapotados.

BR, 2016