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Galería de arte, Valencia (España)


Hacer germinar lo inadvertido

Hacer germinar lo inadvertido
Bob Verschueren
Julio 2016

Pedro Medina Reinón

"Hacer germinar lo inadvertido"

La naturaleza puede ser percibida como un lugar originario, ideal, incontaminado, pero también como algo inhóspito y peligroso. De ahí que toda intemperie suela desterrarse, aunque nuestros refugios probablemente nos estén privando de experiencias auténticas. En efecto, multitud de paisajes siguen presentes en nuestros interiores, aunque como ficciones de un universo exterior, no logrando satisfacer el deseo de lo natural, que queda reducido a un eco de otro estar en el mundo.
La obra de Bob Verschueren replantea la relación entre arte y naturaleza, un vínculo que con frecuencia hemos sentido interrumpido y mancillado, y en el que no se le suele dar voz a los propios elementos naturales, sino a su representación. Desde otra vía, el artista belga establece un diálogo personal con diversos ámbitos silvestres, especialmente con el vegetal, para mostrar piezas que son expresión de una gran fragilidad, aunque sin dramatismos, únicamente con regeneradora fuerza creativa.
Prueba de ello fueron sus famosos Wind paintings, que con asombrosa delicadeza coloreaban yermos parajes gracias a la fuerza del viento, que expandía pigmentos naturales como carbón triturado, tiza, óxido de hierro, terra verte, harina, distintos ocres o tierra de Cassel para teñir extraordinariamente el paisaje. Esto le hizo consciente de una circunstancia: el artista puede disponer, pero es la naturaleza la que funda y disuelve una composición por principio efímera.
Debemos concebir pues cada una de sus obras más allá de su condición de objeto, entendiéndolas como “espacio experiencial”, la estructura de otro cosmos, uno posible, fascinante, comunicante con una realidad que habitualmente pasa desapercibida.
Así, su diálogo con la naturaleza ha seguido diversas derivas, sustancialmente por medio de poéticas instalaciones vegetales, que nos sitúan ante la intemperie de un tiempo indefinido, que se torna convivencia plácida con el entorno, aunque yendo más allá de simplistas miradas nostálgicas, reivindicaciones sostenibles o romanticismos tardíos, hasta ofrecer una miríada de interpretaciones que no se deben reducir a una única lectura.
Y entre los escenarios posibles, llama la atención cuando trabaja en espacios interiores, algo que le permite “separar el material elegido de su entorno natural” –como confiesa el artista–, reflexionando sobre el mismo lugar en un ámbito más neutro y extraño al origen de los objetos. En este caso, establece un diálogo inaudito con la ciudad que acoge su obra, gracias a su costumbre de usar materiales de las proximidades, contando con vegetación del antiguo cauce del río Turia, sobre el que intervendrá posteriormente. Todo ello altera el espacio de la galería, configurando nuevas orografías, paisajes que habitan suelos y paredes, con toda la esencialidad de la que es capaz para preguntarse si aún es posible alguna armonía.
El resultado: seductoras piezas entendidas como “traslaciones de la naturaleza al espacio expositivo”, como ha examinado con gran atención la también artista Anna Talens en La transformación de la experiencia de la naturaleza en arte. El nomadismo y lo efímero, estudiando especialmente aquellas esculturas que perciben el material como obra, sin que precise adoptar ninguna silueta ajena a la propia.
En esta investigación destaca Bob Verschueren como ejemplo de “escenificación del objeto natural”, donde la pintura como principal medio para mostrar la naturaleza queda atrás frente al contacto directo con el espacio geográfico, lo que nos remite a una idea diferente de paisaje: el “paisaje vivido”, fruto de una experiencia de lo natural, motivo y finalidad de la creación. Tierra y abrigo se unen generando un paraje que parece remitir al nacimiento de un distinguido campo de meditación, donde la ingravidez de algunas piezas buscan que nos abstraigamos de todo lo demás.
Aun así, su contemplación no debe llevarnos a una visión idílica de la naturaleza, pues también puede ser dañina. Nuestra relación con ella no es, por tanto, de amparo o paradisíaca, sino “natural” en todos sus sentidos; como la “vida” para Nietzsche, algo que se ama y acepta en lo positivo pero también y, sobre todo, en lo negativo.
Lo que nos queda es su prodigiosa fuerza expresiva, esa inestimable fuente creativa que reconoce John K. Grande en Diálogos de arte y naturaleza, quien describe a Bob Verschueren como un artista que presenta un “proceso perceptivo reduplicativo”: llevar elementos vegetales a un espacio interior es como verlos con nuevos ojos. Se trata de una segunda experiencia más allá de la original que, gracias a su descontextualización, logra para ellos un protagonismo y un significado desconocidos hasta entonces.
Nos asombramos pues ante un determinado locus dominado por la excepcional geometría de las estructuras naturales. Ángulos, hexágonos, catenarias, fractales se extienden por doquier para penetrar, pavimentar, aguantar o colonizar el mundo, como muestra Jorge Wagensberg en La rebelión de las formas, o también Peter S. Stevens o D’Arcy Thompson –como observa Bob Verschueren en su Conversation con Robert Dumas–, constituyendo una serie de constantes a las que nuestra mirada se ha acostumbrado y desde las que nuestra cultura ha erigido hermosos símbolos.
En esta exposición se vuelve a contemplar directamente una hoja, una rama… para volver quizás a nuestras raíces y, paralelamente, a un histórico juego de imitación entre arte y natura, desde el interior de un delicado e incesante proceso de construcción, un constante devenir que es promesa de nuevos amaneceres.
Reaparece así la potencia renovadora del germinar, acentuando la excepcionalidad de cada momento por coleccionar, pero también una suave tensión a la hora de relacionarnos con el exterior, que genera la necesidad de repensar la noción de paisaje y las posibilidades de su representación artística, siempre ante el horizonte de una cartografía cercana pero indefinida.
Es, en suma, uno de esos raros momentos en los que el arte se convierte en experiencia de verdad, algo que solamente ocurre cuando el encuentro con la obra modifica realmente al observador. Esto ocurre al mostrar elementos que deberían sernos familiares, pero que hasta ahora han permanecido desapercibidos, ofreciendo generosamente un espacio común desde el que volver a observar nuestro entorno.

Pedro Medina Reinón