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Galería de arte, Valencia (España)



Santiago Serrano
Mayo 2007

Fernando Castro Flórez

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LOS DONES ESENCIALES DE SANTIAGO SERRANO

Es difícil, en estos momentos de estética del patetismo, sustraerse del tono pesimista cuando pensamos en un arte, pregonado vocingleramente por el mecanismo bienalista, que se entrega, con armas y bagajes, a la banalidad sin asideros. El marketing (made in Saatchi) que impuso la consigna del “retorno de la pintura” en estos últimos años junto a la traída y llevada “ vitamina P”  ha sido,

sin ningún género de dudas, el remate demencial que necesitaba una práctica que requiere, permítaseme la perogrullada, del tiempo de la contemplación.

No todas las manifestaciones artísticas aceptan, afortunadamente, el zapping, antes al contrario, algunas se resisten a la percepción distraída y tan sólo revelan su “ secreto” cuando se hace una pausa y el imaginario del otro acepta la invitación de un espacio diferente.

La pintura es, en buena medida, un territorio alzado, ese ámbito tenso en el que tenemos que penetrar sin tocar, con una visión háptica, gozando tanto de los detalles cuando de la totalidad.

Más allá de la coartada “irónica” y de la ornamentalidad autocomplaciente, un artista como Santiago Serrano demuestra que la potencialidad del espacio pictórico, la capacidaad extrema que posee para llevarnos hacia el dominio (sin cartografía precisa) de la poesía. Sin duda Santiago Serrano es uno de los artistas que, desde los años setenta, ha mostrado mayor preocupación por conseguir una pintura pura, siguiendo, de forma muy personal, la líneas marcadas por Mondrian (su concepción rítmica y rigurosa de la geometría), Malevitch (especialmente en su telón del nihilismo), Rothko (con esas fronteras en las que los campos cromáticos, literalmente, vibraban). En su obra hay una suerte de compleja simplicidad que revela una sensibilidad que enlaza con el romanticismo pero sin teatralidad ni afectación. Esas superficies, tensadas en la mas estricta tradición moderna, tienen, valga la paradoja, una notable densidad, en ellas el artista, huyendo de lo anecdótico, tanto en el sentido narrativo figurativo o en la proyección gestual melodramática, ha dejado que se sedimenten o manifiesten atmósferas.

Este artista entregado al despojamiento pictórico, esto es, a una reduccionismo voluntario ha desarrollado su propuesta en un significativa soledad. Algunos comentaristas han hablado de las “pinturas raídas” de Santiago Serrano como territorios de sedimentación temporal o, en otros términos, superficies en las que, simultáneamente, late lo espiritual y es manifiesta la dimensión terrenal.

Las manchas controladas, las veladuras, la geometría y el temblor de los límites dominan estas obras de contundente presencia en las que los colores, “cocinados” de forma impecable, tienen difícil definición.No es, ciertamente, este un artista precipitado, antes al contrario, en sus obras hay una suerte de ritmo lento o, mejor, una naturalidad que podríamos conectar con aquella serenidad que, según Heidegger, era un dejar que lo noble surgiera en un retorno a lo esencial (una especie de “dejadez” un dejar que las cosas sean en la brecha de mundo y tierra).

Ese poner en reposo la pintura no excluye un dinamismo interno, esto es, una prodigiosa musicalidad de lo que ha “reaccionado” (químicamente hablando) en la opaca superficie del cuadro. Ese ritmo visual de la pintura de Santiago Serrano, extremadamente sutil produce una sensación de misterio e incluso desata la analogía con el silencio y, al mismo tiempo, hace pensar en la idea del vacío, en ese espaciamiento que es tanto el cero utópico de las formas cuando el punto máxima concentración energética. Santiago Serrano, con un estilo que ha sido definido como un peculiar minimalismo manierista, genera obras de gran contundencia que, a veces, tienen una evidente dimensión escultórica. Equilibrio, así como una meditación sobre la finitud y la infinitud.

En algunas obras de este creador, lo acuático o la evocación de las nubes de la mancha queda fracturado por la geometría, por esas verticales que recuerdan a Barnett Newman que, en el ensayo “La actualidad de lo sublime” hablaba de un sentimiento de deleite al ocurrir algo y no más bien la nada, un acontecimiento en el límite de lo expresable del que se rinde testimonio: un despojamiento en el que se escapa de la angustia, la forma en la que lo trascendente se materializa. La hipnótica pintura del matiz de Santiago Serrano es tan interrogativa cuanto poética. Al contemplar la serie Instrumentos (1998) se advierte una extraordinaria variación de lo mismo que hace surgir diferencias de escala, posición, sombreado, etc.

Esas formas tienen un fondo mitológico, la imagen del báculo remite a la videncia y, por supuesto, a la sabiduría ancestral, no es una geometría abstracta sino, en palabras del propio artista, “la representación sagrada de lo interior, la puesta en escena de los instrumentos interiores, el cayado, el cuadrado, el círculo” El reflejo pavoroso de la identidad en el narcisismo, la ceguera adivinadora de Tiresias o el enfrentamiento con el enigma de Edipo nombran lo fatal, ese destino sombrío que Santiago Serrano lleva, en sus obras, hasta lo emblemático. La espiritualidad e incluso el romanticismo de este creador no le llevan a la teatralización del mundo circundante sino, al contrario, a una exploración de la finitud. “Esos instrumentos – advierte Luis Moliner, que son instrumentos de pasión, se me aparecen como un recorrido, paso a paso, de un ciclo vital completo, paralelo al mito de la muerte y la resurrección”. La figura, que no lo figurativo, es el anhelo de esta obra de una pureza que casi desconcierta, en la que silencio y musicalidad, como he indicado, están entretejidos, donde el vacío, como aquel toko no narrado, nostálgicamente, por Tanizaki en su Elogio de la sombra, es plenitud.

La evocación que Santiago Serrano hace de la vida como laberinto es, sin duda, una conciencia lúcida de la soledad, una heroica demanda de otra mirada que sepa “escuchar” lo inaudito. Las obras de Santiago Serrano que expone Ana Serratosa en su Espacio (convertido, sin duda, en referencia, en Valencia, de la pintura española contemporánea, pues por aquí han pasado, entre otros, creadores como Carlos Franco, Manolo Quejido o Alfonso Albacete) tienen algo de pinturas-escultóricas: juegas con el espacio, se adueñan de los ángulos, acogen, en el seno de una geometría metálica la pintura reduccionista y, al mismo tiempo, lujosa.

Hay algo de revisión de las líneas de Mondrian pero dotándolas de un impactante espacialidad. Porque Santiago Serrano quiere que la obra ocupe su propio espacio, sin estridencias ni retorizaciones, uniendo lo ensimismado y la capacidad para apoderarse de la mirada. Su lúcida voluntad constructiva, plasmada en un juego que tiene algo de variación musical, traza una línea de resistencia a la estilística de lo bana. El mismo artista, apelando a Jean Baudrillard, el teórico obsesisionado con el simulacro, señala que “frente a la obscenidad de mostrarlo todo, de desvelarlo todo en imágenes hasta hacernos pasar de lo real a lo hiperreal, se impone el pudor” No hay arte ni

subjetividad sin secreto y acaso tampoco podamos comprender nada sin silencio.

Tras, por emplear términos de Danto, haber abusado de la belleza, sabemos que es urgente recuperar un arte de los matices. Santiago Serrano es, ciertamente, uno de los creadores que con mayor honestidad y vigor colabora en ese empeño que adquiere una dimensión ética: devolver a la mirada algo digno de ella, donar el tiempo de la contemplación poética. El resto (lo que falta y no lo que sobra) es silencio.

Fernando Castro Flórez

Fernando Castro Flórez