Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra la política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola

Español

Galería de arte, Valencia (España)



Javier Riera
Diciembre 2007

Javier Hontoria

""

OCURRE LA PINTURA

Es común entre los artistas. En determinados momentos de sus carreras, sin saber muy bien por qué, se ven forzados a contemplar el estado de su obra desde muy diferentes prismas. Acostumbrados a vivir sumergidos en el trabajo, la percepción de lo realizado aparentemente clara, uno se encuentra a veces, como de repente, con multitud de frentes abiertos, “centros”diseminados aquí y allá que no hacen sino confundir al propio artista y desestabilizar lo que creían sólidamente arraigado. Suele resultar cómodo saber donde está el centro y lo que de él dimana, pero al cabo la obra se resiente. La pluralidad de centros en el trabajo de un artista sólo puede confirmar que la obra está viva, que puede avanzar en cualquier dirección, muchas veces inesperada. Y para un artista, esos deben ser momentos apasionantes.

En el trabajo de Javier Riera asistimos ahora a uno de esos momentos. Y es curioso ver cómo esta situación multicéntrica surge de un momento de clímax. Hace aproximadamente dos años, confirmaba Riera un giro que venía a dejar a un lado la pintura que había sido suya durante una década. Sustentaba en una trama conceptual, tenía su origen en la relación entre lo que, a grandes rasgos, conocemos como “figura” y “fondo” y que, en este caso, denominaremos “mancha” y “fondo” En los cuadros realizados entre 2005 y 2006, el pintor suprime esta dualidad para centrarse en el valor y la cualidad de la imagen en sí misma. De hecho, esa imagen nueva, que flota sobre fondos negros subrayando su carácter icónico, parecía hecha de los elementos que un día sustentaron el trabajo anterior y que eran los que daban forma a una idea de paisaje muy enraizada en toda su producción desde principios de los noventa. Llegó la culminación con unos cuadros negros de gran formato sobre los que se extendían trazos dinámicos que atravesaban la superficie en sentido horizontal.

Llamaban la atención por una intensa liviandad sin perder su enorme rotundidad y tenían algo de purificador, como si el artista hubiese arribado a una suerte de fin del trayecto que resultara de lo más reconfortante pero que, como veríamos posteriormente, no sería sino el principio de todo lo que acontece hoy. Indicaban claramente esos cuadros el nuevo camino: una imagen, clara y nítida, en la que todo se condensaba a través de un tipo de pincelada, de cadencia regular y uniforme, que es ya una de las señas de identidad del artista.

No podemos obviar la importancia de la reciente incursión en la fotografía en estos últimos movimientos. Trabaja Riera, y creo que de forma absolutamente coherente, en la captación de imágenes de paisajes naturales en penumbra. Y lo hace, significativamente, a través de la proyección de formas lumínicas sobre bosques.

Como ya apuntaba en cuadros realizados en 2006, Riera presenta un interés claro por formas de corte geométrico en oposición a las manchas anteriores, más gestuales y violentas. Y si en las fotografías la imagen se impone sobre un fondo, en su pintura la imagen surge, es extraída, del fondo.

En estos cuadros últimos nos enfrentamos a imágenes que se encuentran en diferentes etapas de su desarrollo. Las hay más completas y otras aún incipientes, y se hace, así, visible su tránsito. Es interesante ver imágenes en las que confluyen tiempos diversos, con zonas que evolucionan a partir de ritmos desiguales. Daría la impresión de que asistimos a la gestación de estas imágenes en un tiempo único, de que algo sucede frente a nosotros. Creación y contemplación en un mismo plano temporal.

Sucede esta gestación “a tiempo real” en cuadros sobre un fondo que se aleja del negro habitual y vira hacia un gris de una mayor claridad. Y se realzan las formas hechas, llenas, sobre las que aún son solo incipientes. Surgen así espacios de contraste, formas que se mueven entre la realidad y el espectro. Pintura haciéndose.

En uno de los mejores cuadros de esta serie última, una forma anaranjada parece haber tomado la delantera y se confirma como forma ya hecha, a la espera de la llegada del resto. Y este painting in progress, la pintura que ocurre, tiene su razón de ser por la presencia detenida de la luz. Desde hace un par de años los haces

de luz recorren la superficie de los cuadros y sobre éstas se instala, haciéndose plenamente visible.

Hablaba Riera en su día, citando a John Berger, de cómo la luz de Vermeer llenaba una habitación como un chorro de agua llena un depósito. La presencia continuada de la luz como ente creador, la luz como presencia extendida, que, también, crea y contempla el cuadro a un tiempo. Pero a Javier Riera también le interesa la imagen en su plenitud. Desde los manda las que surgen a partir de los cristales de agua, hasta las nuevas formas que vemos en esta muestra, la imagen vibra a partir de un movimiento interior que es invisible a nuestros ojos. Emerge el enigma en estas formas. Son imágenes que aluden también a ese tiempo compartido que, sin abandonar una inconfundible apariencia orgánica, funcionan como emblemas, como celebración de su propia rotundidad y madurez. Se imponen, resplandecientes, sobre el negro fondo, entreverada la luz entre sus pliegues, como poniendo de relieve su energía vital, su magia creadora.

Javier Hontoria