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Galería de arte, Valencia (España)


De la piedra, la luz, el humo y el agua

De la piedra, la luz, el humo y el agua
Jose Luis Albelda
Crítico: Alberto Carrere
Diciembre 2002

Alberto Carrere

"De la piedra, la luz, el humo y el agua"

DE LA PIEDRA, LA LUZ, EL HUMO Y EL AGUA

No es éste el caso, pero extraña el modo en que las más descarnadas imágenes de lo desolado o lo terrible, provocan cierta inevitable atracción. Así se acompaña el mal que producen, de ocultos placeres, en absoluto incompatibles con un necesario sentimiento de tristeza infinita. Parece imposible expresar con alguna cordura que, con ser sublimes, los efectos poéticos no sirven de alivio al desconsuelo absoluto de algunas imágenes capaces de golpear la mente, a la vez que este rechazo íntimo y sincero no impide activar en algún lugar de la mirada la conciencia del placer.

La “descarnada”, más conocida como “muerte”, duerme bajo las formas del dolor y el sufrimiento, como su fin último, cuando sin embargo, esta compañera de la vida y el amor, acaba con todo rastro de conciencia e instaura la única paz duradera. Es ese placer terrible el que hacía ver las montañas —a los antiguos— como el verdadero anticipo del infierno, hasta que su belleza fue reinventada por ojos que descubrieron en ellas, en bosques, mares y desiertos, su variada recreación pictórica de olores y experiencias, o el contrapunto emocionado que su infinitud despierta en nuestra finitud.

Pero ahora éste sí es el caso. El dolor que nos aflige es el de pétreos y en apariencia inmutables totems que se han hecho vida, en una muerte que al final a todo y todos alcanza. La muerte de las montañas, de los bosques, las aguas y las brisas, enfría la tibieza del pulso natural, es el gran dolor de la vida que conocemos y requiere una entrega sin reservas: el sacrificio que la Naturaleza manifiesta de continuo, en espera de otro humano, demasiado humano para ser un acontecimiento espontáneo.

José Albelda detiene sus pinturas en el sacrificio contemporáneo de los montes, pero ha descansado en unos momentos de paz, la mirada crítica y el terror de las imágenes de destrucción. Ha escogido lo más hermoso del rito sacrificial en la naturaleza: la donación de vida que surge de ese rito, el acto de amor que une muerte y vida, a la vez que apunta la trascendencia comunicativa, simbólica del sacrificio. Es un error pensar que la montaña es algo inerte, que sus tierras son insípidas y que la humedad que contiene no posee bondades idénticas a los fluidos humanos que temblando reverenciamos.

Ante las agresiones del Mundo del hombre, —estas montañas de óleo y oro, que reciben y dan vida desde su bautismo de luz, para guardar y otorgar el agua y sus nutrientes—, ofrecen sus entrañas con generoso desprendimiento de poéticas pedrizas, y de sus heridas fluyen ríos de amor y pinceladas de Naturaleza.

No sorprende así esta clara semejanza de formas orgánicas, humanas, demasiado humanas. No sorprende la idéntica función vital de un corazón que riega los brotes nacidos al exterior. No sorprende por fin que de los sufrientes paisajes —que recuerdan el tantas veces pintado sacrificio de San Sebastián—, mane la vida.

De los materiales humildes de la pintura surge de nuevo este milagro que convierte lo que también son fluidos de agua y aceite, de tierra y oro, en un texto simbólico dispuesto a su proceso de secado y oxidación, sensible a las inclemencias del devenir, sometido al proceso natural de muerte que abre paso hacia la vida. Por esta capacidad de transformación material, la pintura es la mediadora más apropiada para este proceso, también por su lentitud y cercanía en el trato, en la elaboración cuidada, o por cómo requiere de la caricia del pincel y recibe los arañazos de la espátula…

Observando las obras de José Albelda, se entiende que los brotes de vida surgidos del corazón de la montaña sean brotes de pintura y se siente cómo el sacrificio de la pintura, este medio tan impertinente para el Mundo en que vivimos, resulta pertinente para el mundo que añoramos.

Alberto Carrere