Pintura fruta | Ana Serratosa
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Galería de arte, Valencia (España)


Pintura fruta

Pintura fruta
Carlos Franco
Diciembre 2018

Pablo Jiménez Burillo

"Pintura fruta"

Carlos Franco pertenece a una generación de artistas que surge en los años 70 en
torno, fundamentalmente, a la galería Amadís de Madrid y que normalmente
llamamos “Nueva figuración madrileña”. Frente a una generación anterior para la que
el compromiso político debía imponerse a la propia actividad artística, Carlos Franco
y sus compañeros de generación, en unos años en los que España se iba abriendo a
la democracia y a la normalidad institucional, reivindicaron la pintura como algo con
un valor en sí mismo entroncando, en este sentido con los postulados de la propia
vanguardia histórica pero también con una corriente internacional que, sobre todo en
Europa, buscaba una regeneración de la pintura en su propia tradición artística más
allá de postulados de otra índole y dentro de una corriente figurativa que poco a poco
se iría imponiendo tanto en España como en general, durante la década de los 80.
El gusto por el color y por la experimentación lo han llevado a trabajar con todo tipo
de procedimientos y materiales, desde los más tradicionales a, incluso,
procedimientos digitales. Nunca le asustaron los colores puros que parecían romper
armonías ricas en sus declinaciones pero siempre se reconcilian en una especie de
armonías superiores. Pero sobre todo esto, no se puede hablar de sobra sin
detenerse en su gran talento para el dibujo haciendo de muchas de sus
composiciones un encuentro entre un dibujo siempre refinado, sobre todo en sus
deformaciones, recreándose en su elegancia y el uso de un color que avanza hacia
ese encuentro desde un lugar distinto y sin perder nada de su independencia y su
brillantez.
Todo esto se aplica a un mundo siempre armónico, en el que los personajes que
proceden de mundos dispares y complementarios, viven paisajes, espacios, cuando
no conviven solamente en un cuadro, en pinturas que a veces son sólo manchas de
color. Todo dentro de un aire casual en el que la Antigüedad y los personajes de la
mitología parecen estar de visita en los cuadros, apeados de su solemnidad y
dispuestos a compartir un paisaje de la sierra con apóstoles u otras deidades
menores o procedentes de mitologías más extrañas. Porque la magia también está
presente con todas sus figuraciones y abriendo puertas al misterio y mundos
sugeridos en toda su fuerza y toda su trascendencia.
Cuando los dioses de la mitología libran, cuando Zeus les da permiso, parecen ir a
los cuadros de Carlos Franco a tomar el té en un harén o a compartir ocios y riberas
con un santoral refinado y lleno de sugerencias. Nada en Carlos Franco parece fruto
del azar, ni siquiera esos encuentros que no paran de reenviarnos a páginas y
momentos célebres de la historia del arte, de la literatura…
De este modo, en estos encuentros pueden surgir, como queda dicho, imágenes que
en su prestigio, en su rotundidad de imagen simbólica, se han ido quedando en esa
memoria que compartimos. Pero también frente a este mundo más o menos
prestigioso que hunde sus raíces en la historia de la pintura y en la iconografía de
nuestras distintas tradiciones, se adivinan sendas que desandadas nos pueden llevar
al cómic y a la rotundidad de sus imágenes o a la magia del tarot e, incluso, a otras
magias más misteriosas y oscuras. Porque todo parece jugar: sueños, recuerdos,
lecturas, visiones… y al final este conjunto heterogéneo se une gracias a una pintura
que parece querer contarnos historias que nunca termina de contar.
En estos cuadros de Carlos Franco todo queda así entredicho con esa fuerza y esa
rotundidad que le aporta la buena pintura, una pintura que, como el dibujo, no quiere
hacer alarde de sí misma sino que se une a este mundo que tiene algo de
simultaneidad, como un sueño en el que todo confluye y todo se mueve mientras
tratan de fijarse las imágenes vistas y sugeridas.
El dibujo, en Carlos Franco, merece un párrafo aparte. No sólo el dibujo presente en
los cuadros y que, como ya se ha dicho, parece a veces jugar un juego paralelo al del
color, el dibujo también como género ya que el trabajo de dibujante de Carlos es
importante y sus dibujos, suficientes en sí mismos, componen un corpus que
atraviesa de diferentes maneras y con distintos estilos toda su obra.
Podemos decir que el dibujo en Carlos Franco es un dibujo narrativo, esto es un
dibujo que sabe contar historias, que no se preocupa de sus perfecciones o
imperfecciones sino que vuelca sobre su papel su necesidad de contar. Sabe ser
rotundo y delicado, atento a las diferentes técnicas y materiales y trayendo al
espectador una sensación casi táctil de los trazos que se combinan con las medias
tintas, con la superposición de planos cuando no abiertamente por la tentación del
color.
Si para los maestros del Renacimiento el dibujo era lo que estaba antes del arte,
antes de la escultura, de la pintura o de la arquitectura, más cerca de la idea que de
la realización, en Carlos Franco el dibujo adquiere una suntuosidad, un gusto de sí
mismo de sus técnicas y de la aventura de contar historias de dejarlo ir por los
recuerdos aquí claramente del cómic y también de la tradición iconográfica más
hiperculta.
“Pintura fruta” ha querido llamarse esta exposición en una afortunada imagen. Lo
natural de la fruta con su colores, con toda su sensualidad, sus aromas que
perduran… Pero también su naturalidad, la sencillez que evoca todo el misterio de
tierras lejanas donde el sol y la humedad están en el origen de una vida que hunde
sus raíces en insondables y maravillosos fangos. Pero fruta también la de nuestra
tradición occidental, como símbolo del pecado, de la vida y también del amor.
La pintura de Carlos Franco sabe recoger todos estos misterios, todos estos mundos
que se nos abren de forma simultánea y mágica, llenando nuestra vista de
sugerencias como aromas con colores, de una forma natural y apacible. No hay
drama en la fruta, su brillantez, su tacto, su olor y lo jugoso del sabor nos concentran
en un aquí y ahora, como ocurre con estos cuadros de Carlos Franco.
Pablo Jiménez Burillo,

Pablo Jiménez Burillo