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Galería de arte, Valencia (España)


Poesía de la materia

Poesía de la materia
Marco Veronese y Alex Angi
Noviembre 2010

Fernando Castro Flórez

"Poesía de la materia"

TRAS LA CATÁSROFE

La palabra catástrofe, un término de la retórica que designa el último y principal acontecimiento de un poema o de una tragedia, está subrayada, en el comienzo del siglo XXI, por el estado de excepción, esto es, por la experiencia fóbica producida por la dimensión vírica del terrorismo. Acaso, allí donde algunos vieron la materialización de lo sublime-terrible (el atentado del World Trade Center del 11 de Septiembre del 2001) únicamente podamos encontrar la pulsión pornográfica. No salimos del pasmo ni de la estupidez y, lo peor, es que sabemos que vamos rumbo a peor. Aristóteles advirtió que el accidente revela la sustancia, mientras que Rene Thom, en Stabilité structurelle et morphogènese, declara que es tentador ver la historia de las naciones como una serie de catástrofes. Podríamos, sumando ambas sugerencias, postular que nuestra situación está cifrada (post)históricamente en la fotografía del ejecutivo cubierto de polvo y hollín, sentado con su ordenador en medio de los escombros de las Torres Gemelas. Pero también las calaveras de Marco Veronese, inscritas, literalmente, en el mundo nos hacen cobrar conciencia de que no hay ninguna razón para entregarse a la cantinela del happy world. Hacemos zapping convulsivamente y encontramos toda clase de demencias, los serios estragos de la epidemia de la tontería: la cosa está tan cruda que las risas tienen que enlatarse. Da la impresión de que todo está mutilado y que incluso el humor mismo se ha vuelto tonto, ridículo. La mirada del espectador-catatónico no quiere reparar en lo que le rodea, prefiere entregarse a la catástrofe mediática que habitar ese hogar que, lo sabemos, es un sitio donde todo puede ir mal. Tenemos miedo a volver al cabeza porque, acaso, como el Angelus Novus benjaminiano, sólo veríamos montones de ruinas. Alex Angy es capaz, por lo menos, de convertir los residuos de plástico en simpáticas e inquietantes anudamientos, pliegues y despliegues materiales que nos sacan del la literalización del horror.

Es curioso ver juntas, en diálogo expositivo, las obras de Marco Veronese y Alex Angy porque, en principio, sus poéticas parece que no tuvieran ninguna relación. Sin embargo, en ambos artistas hay, más allá de lo “simbólico”, una preocupación por el color y por la dimensión seductora del arte. Nos sentimos atraídos por algo que adquiere rápidamente una dimensión ambigua. Porque ninguno de los dos pretende regodearse en lo decorativo sino que, con importantes dosis de ironía, alegorizan nuestra época y manifiestan posicionamientos críticos. Regis Debray sostenía que no hay imagen, llegada del fondo de los tiempos o de las tripas del artista, que no sea otra cosa que un S.O.S. Es importante tener claro que la imagen no pretende hechizar el mundo por placer sino liberarlo porque donde nosotros vemos capricho y fantasma gratuito sin duda hay y había angustia y súplica. Ese mensaje de auxilio lo lanza, explícitamente, Veronese en sus imágenes hipertecnológicas que sedimentan un diálogo con la historia del arte. Aunque en las piezas de Angy de la impresión de que prima un cierto sentido lúdico, sin embargo, también tienen que ver con la sedimentación de lo “contaminante”, con el absurdo de un mundo que es incapaz de hacer otra cosa que sentarse idiotizado a ver como la realidad no es otra cosa que show.

En este (des)tiempo de lo banal el arte es una suerte de objeto no identificado. De forma inconsciente nos replegamos al búnker o a la cripta en el que podríamos encontrar más que una alegoría o materialización de la libertad, una indecisión o, para ser más (psico)físico, una claustrofobia intolerable. Virilio ha apuntado que, en época de globalización, todo se juega entre dos temas que son, también, dos términos: forclusión (Verwefung: rechazo, denegación) y exclusión o locked-in syndrom. Algunos creadores, como Marco  Veronese y Alex Angy, son capaces de mantenerse en el peligroso filo que separa y pone en contacto lo maravilloso y lo banal. Es precisamente ahí y no en un trascendentalismo huero donde debe surgir lo singular.

Luca Beatrice ha apuntado que la obra de Angy surge como una travesía en la jungla metropolitana y así su “invasión de plástico” seria una suerte de manifestación del absurdo contemporáneo. Sus obras parecen “vísceras sintéticas”, reciclajes de materiales artificiales que él convierte en amasijos o formas abiertas casi “estelares”. Marco Veronese se apropia de retratos magníficos de Bronzino, Leonardo o Rafael que pone en contacto con un mundo de mariposas y también con la cruda presencia de la calavera. El “Rinascimento” o al contaminación a la que alude es, por tanto, una tensa fricción del aura de las obras de arte que fijaron la subjetividad aristocrática y un mundo metamórfico que tiene marcada una dimensión efímera de la existencia. Los dos artistas, a pesar de enfrentarse el imaginario catastrófico del presente no derivan hacia la melancolía sino que son capaces de generar piezas que reformulan, de forma heterodoxa, el sentimiento de lo bello.

No pretendo que estas obras sean, ni mucho menos, sublimatorias, al contrario, hay en ellas un reducto incómodo, una voluntad de situarse en la conflictividad contemporánea pero sin caer ni en el literalismo de las consignas ni en la abstracción asignificante. Poesía della materia, el título de la exposición que les une, reconduce de forma lúcida la interpretación hacia un terreno pre-iconológico. Con todo, una vez más, quiero repetir que la materia del arte no es el plástico, el acero, el óleo o lo genéricamente fotográfico. Si podemos todavía hablar de materialidad es porque hay algo irreductible: la obsesión. Veronese y Angy quieren hacernos ver un mundo de obsesiones que surge del paisaje cultural y tecnológicamente contaminado. Si uno propone vanitas postmodernas, el otro (des)organiza aquello que simboliza la conexión, los cables que terminan por aludir a la desorientación. Poesía, por tanto, a partir de la catástrofe que ya ha tenido lugar. Contemplando estas obras cromáticamente seductoras comprendemos que aquel “elogio del maquillaje” que Baudelaire formulara en El pintor de la vida moderna sigue vigente. Nuestro destino es la anti-naturaleza, habitamos en un mundo completamente artificial y en este tiempo que nos obliga a experimentar tantas pesadillas tal vez el arte tenga todavía la misión de recordarnos que era la “materia de los sueños”.

Fernando Castro Flórez