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Galería de arte, Valencia (España)


Tool Box

Tool Box
Bill Thompson
Octubre 2014

Javier Molins

"Tool Box"

La escultura fue vista durante muchos siglos como esa figura encerrada en el interior de un bloque de mármol que la habilidad del artista con el cincel era capaz de liberar. Unas figuras que, una vez creadas, eran colocadas en altos pedestales para ser contempladas y casi veneradas por los hombres.

Una de las grandes aportaciones del arte del siglo XX fue la eliminación de ese pedestal. Artistas como Medardo Rosso o Auguste Rodin fueron de los primeros que, a principios del siglo XX, intentaron terminar con ese pedestal. Tan solo hay que ver a esos burgueses de Calais de Rodin que parecen caminar por el suelo. La escultura deja de contemplarse como un monumento colocado en un lugar concreto con un significado definido. A partir de entonces, puede nacer directamente desde el suelo, trepar por las paredes o quedar suspendida en el aire. Pablo Picasso realiza en 1909 una cabeza femenina a la que aplica los principios propios del cubismo. Julio González es el primero que utiliza el hierro forjado en la escultura para lo que él mismo denomina “dibujar en el espacio”. Constantin Brancusi erige en Targu Jiu todo un complejo escultórico compuesto por “La mesa del silencio”, “La puerta del beso” y “La columna sin fin” (conjunto precursor del “Land Art”). Alberto Giacometti subvierte los principios escultóricos de Miguel Ángel, basados la eliminación de materia hasta llegar a la escultura, para pasar a una técnica consistente en la adición de materia hasta conseguir una figura humana. Se ha abierto la veda y los artistas del siglo XX encontrarán muy diferentes formas para innovar en el campo escultórico y dejar de contemplarlo como un monumento alejado del público para convertirse en una obra que interacciona con el espectador.

La obra de Bill Thompson (Ipswich, Estados Unidos, 1957) es, sin duda alguna, heredera de esta nueva concepción de la escultura y, al mismo tiempo, es también fruto de los avances industriales y tecnológicos del siglo XX. Thompson se crió en Nueva Inglaterra (Estados Unidos) rodeado de unos paisajes caracterizados por unos colores sordos y apagados. Tal y como afirma el propio artista, “cuando visité por primera vez Nuevo México me di cuenta de lo que me había perdido: los colores siempre cambiantes, muy saturados, del Suroeste me causaron una gran impresión. Años más tarde, mi interés por el color se intensificaría hasta el extremo de derivar en mi continua tendencia actual por la monocromía”.

A diferencia de otros artistas, el paisaje que rodea a este artista, que sigue afincado en Nueva Inglaterra, le sirvió para huir de él y buscar el color tan presente en otros lugares. Fue así como Thompson llegó a la pintura de coches que tanto utiliza en sus obras. El trabajo de Thompson comienza cuando se enfrenta a uno de los materiales más industriales con los que trabajan los artistas de hoy en día: la espuma de poliuretano. Un bloque de espuma rectangular en el que libera figuras que surgen de su imaginación mediante un complejo y laborioso proceso.

El artista dibuja, corta y pule esta espuma hasta dar con la forma adecuada. Unas formas orgánicas que recuerdan a amebas que después cubre con varias capas de pintura para automóviles. Es aquí donde el artista encuentra esos colores saturados ausentes en los paisajes de su infancia. Fucsias, rojos, violetas, azules, verdes… todos ellos brillantes y pulidos como la superficie de los coches. De hecho, el artista titula sus obras con nombres como “Avent”, “Wrangler”, “Corsair”, “Gulf”, “Slider”, “Cobra” o “Flame”. Unos nombres que, en muchos casos, presentan una doble lectura, pues podrían aludir tanto a la forma de algunas de estas obras como remitirnos a distintos modelos de marcas de coches.

Y es que la obra de Thompson, como la de tantos artistas estadounidenses, es el resultado de los procesos industriales y tecnológicos que han hecho grande a este país. Y es que una de las características del arte norteamericano de la segunda mitad del siglo XX ha sido borrar la huella física del artista. Y no me refiero tan solo al arte conceptual, sino a la escultura en general. Si en la obra de artistas de principios de siglo como Giacometti o Lipchitz la huella de sus manos era evidente en sus obras, aunque estas se produjeran en materiales como el bronce, a partir de los años sesenta, artistas como Donald Judd o Carl Andre buscan unos acabados industriales en sus obras en los que no se percibe la huella de la mano del artista. Algo que sí que ocurre al otro lado del Atlántico, como por ejemplo en los artistas alemanes como Georg Baselitz o Markus Lüpertz que utilizan el hacha para tallar los bloques de madera con los que crean sus esculturas.

Lo importante sigue siendo la idea y el resultado final, pero los procesos pueden ser industriales o manuales. Thompson se ha apropiado de procesos industriales, como es la pintura de automóviles, para conseguir un estilo propio claramente reconocible. Una obra compuesta de formas amables en las que confluyen unos colores saturados sobre unas superficies perfectamente pulidas que poco tienen que ver con la de esos escultores pioneros que no disponían de los adelantos tecnológicos actuales pero que tenían claro que la escultura tenía que abandonar el pedestal para dialogar de tú a tú con el espectador, como hacen estas formas orgánicas de Thompson que pueblan las paredes de nuestros hogares. Thompson busca en sus obras la belleza a través de la seducción de la curva y la atracción del color en unas obras que sencillamente nos recuerdan que somos humanos, que el hombre es el único ser capaz de crear imágenes y disfrutar con ellas.

Javier Molins