Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra la política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola

Español

Galería de arte, Valencia (España)



Manolo Quejido
Mayo 2002

Fernando Castro Flórez

""

UN ESBOZO SOBRE EL PINTOR HIPERTÉLICO

Un tipo esta meando contra una tapia, all justo donde concluye una grieta, su gesto tiene algo de complicidad,acaso desafiante. Por supuesto, no va a dejar lo que tiene entre manos. Mira hacia nuestra mirada,literalmente, de reojo. Sin importarle lo que sucede junto a l, en ese extra o sitio en el que la ruina arquitect nica y la noche metropolitana est n marcadas por dos apariciones casi indescriptibles: una figura que tiene una guitarra flamenca empotrada a la altura del pecho, sobre media naranja, una tela de ara a, un helado, un cigarrillo o unas citas pict ricas en las que podemos detectar la estrategia representaci n al cubista, y otra encarnaci n femenina, de rotundas formas, ataviada con un traje que parecer a una deriva a partir del arlequinado. La sombra del individuo, evacuando en el paisaje de las afueras, es alargada, puede que eso que acontece a sus espaldas sea otra proyecci n escatol gica, algo que, como el t tulo advierte, nos desaf a sin palabras . Pintura catacr tica, donde est yuxtapuesto lo heterog neo, en un trenzarse de la dimensi n heroica y del tono, marcado por la iron a, una manifestaci n de un programa est tico en el que hay un constante plegamiento reflexivo, llegando a constituirse, en mi opinión, Quejido como un maestro de lo neobarroco. Me refiero, en t rminos de Calebrese, tanto al gusto por la distorsi n y la perversi n (las distop as del pasado o la proliferación de las citas), algo ciertamente intempestivo en un tiempo de monumentalizaci n banal. A la manera de su admirado Vel zquez, pinta la escena (era) de la pintura, convierte la composici n en una heterotop a, situ ndose all donde no hay una tabla ordenada de semejanzas y similitudes sino una proliferación de referencias o, mejor, de alegor as que establecen conexiones sorprendentes entre los signos. En la peripecia indisciplinada de la pintura de Manolo Quejido se advierte una pulsi n hacia una imaginaria que ser a, al mismo tiempo, el de cualquier (valdr a decir, el de nadie, esa pica an nima, en palabras de Ignacio Castro) pero tambi n el de un sujeto que acumula la experiencia prolongada de la cultura, una memoria intensiva que tiene que ver con la cuesti n de la angustia de las influencias (esa declinación, clinamen que es cociente revisionista con respecto a la tradici n). Pintura pulsional y maqu nica, astuta maquinaci n, bien es verdad que entendida no tanto como m quina c libe (esa solter a ejemplarizada en la metairon a duchampiana) cuando un vertiginoso engranaje familia (las series, las similitudes, los parentescos son esenciales en la est tica de Quejido). Este lucido creador dirige, permanentemente, su mirada al horror hist rico, produce (instintivamente) cortocircuitando la l gica de la producción (institucional), escapa del regodeo (propio del nihilismo reactivo) en el pasado esplendoroso para superar la enfermedad hist rica en una confrontaci n con la actualidad. Ya habl Nietzsche, en lasegunda de sus consideraciones intempestivas, la urgencia en que la historia estuviera al servicio de los impulsos vitales, produciendo, literalmente una despresentaci n del hoy, es decir, mostrando una salida al laberinto conductista de la cultura del espect culo, a nuestra sociedad del pacto amn sico.

diccionario descomunal en que se pinta de todas las maneras posibles (la regla que serpea, las moscas post-euclidianas que convocan al grupo ZAJ, la carta sobre la cama revuelta, el caos vertical que surge al mirar la mirada, etc.) hasta las cidas alegor as, que realizara in situ en su exposici n en el Centre del Carme de Valencia, sobre La Corona, el Ej rcito y La Banca, encapuchados y sin rostro a la manera del Ub de Jarry. Pero conviene tener presente que para Quejido, por encima y debajo de todo lo decible, est la topolog a, los lugares, los sitios, las indiferencias . La pintura conecta (desesperadamente) con el mundo y (necesariamente) con la pintura misma; Manolo Quejido —se alan Catherine Francois y Santiago Auser n- extrae de la pintura toda su potencia informulada vive en ella y en su historia como un par sito, un traidor que la prolonga indefinidamente -.

El imaginario hibrido de este creador (al que Jos Luis Brea calific como transconceptual) le lleva a una suerte de barroco descarnado, en el que los excesos y desbordamientos implican una singular preocupaci n por lo que falta, esto es, por el resto. En el lejano a o 66, en La Codorniz, comentaba, no sin cierta repugnancia, un cr tico que Manolo Quejido hab a conseguido ponerle marco a la mas desvergonzada ropa interior de un patio de vecindad . Por su parte A.M. Campoy, refiriéndose también a las piezas que presentar ese pintor en la Sala Arteluz, habla de la miseria y los basureros, de realidades que nos encogen el alma, de Rimbaud que satur de poes a los dedos de las despiojadoras.

Retorna hasta la memoria la l rica de los traperos, el nimo art stico como un atender a lo excluido, a lo no visible, al da o colateral generalizado. La mirada obsesiva de Quejido no queda presa en lo escatol gico sino que gravita en lo hipert lico (un ir m s all de los fines, en una impulsi n letal de suplemento. De simulacro y de fasto, en una desmesurada cifrada), en el don visual excesivo, en el que no falta el sentido del humor y la conciencia del inacabamiento de la tarea. La caja de Nutriben —escribe Juan Manuel Bonet recordando una visita a Manolo Quejido- lleva sobre el tapón un letrero que dice ( me lo ense a ir nicamente, a m que cree insensible a la est tica pop): el POP o do al abrir garantiza el cierre perfecto .

Fernando Castro Flórez