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Galería de arte, Valencia (España)


Uno con otros

Uno con otros
Venske & Spänle
Junio 2011

Javier Hontoria

"Uno con otros"

VIDA DE UNA ESCULTURA

En el arte de las últimas décadas hemos asistido a un progresivo alejamiento entre el artista y el receptor que se sitúa ante sus obras fundado esencialmente en el carácter crecientemente esquivo de aquél, para quien el hecho de que éste pueda depositar en su trabajo una cierta confianza no pasa por ser más que leve anécdota. Tradicionalmente, y hasta bien entrado el siglo pasado, al artista se le consideraba un personaje vertebral en toda sociedad, alguien que encarnaba en su personalidad y en su creación los ideales de progreso tan valiosos en la Modernidad. Hoy, en cambio, los artistas no sólo eluden con facilidad esa responsabilidad sino que insisten en plantear un complejo sistema perceptivo en el que lo real se revela en un instante sólo fugaz, un espejismo inasible. Ya en sí mismo vidrioso, emerge en situaciones deslizantes en las que al artista no aporta excesiva ayuda. Más que ofrecer respuestas que nos alivien, nos invita a que sigamos preguntándonos.

Julia Venske y Gregor Spänle son escultores pero, ¿es su lenguaje única y puramente escultórico? No. Podría parecerlo, sí, a la vista de los materiales que utilizan y de su modo de proceder pero su trabajo no sólo se adentra en terrenos que bien pueden pertenecer a otras disciplinas sino que, además, parece querer contradecir los principios básicos de su propio medio. El asunto fundamental que vertebra todo su discurso es el material, un tipo el mármol que extraen de la cantera italiana de Lasa. Lo habitual, nos cuentan los artistas, es que realicen la primera talla en su estudio de Munich para después realizar las labores de acabado y pulido en el neoyorquino barrio de Brooklyn. Es, sin duda, la extraordinaria maleabilidad de estos entes abstractos, su elasticidad y su dinamismo, lo que pueden situar al espectador en una inquietante encrucijada. ¿De dónde emergen estas formas? ¿Tienen, acaso, vida propia?

Existen en el quehacer del tándem alemán varías tipologías escultóricas que guardan visibles analogías entre sí pero también aspectos que los alejan. De un lado podemos ver las piezas de la serie Wanderlust, acepción anglosajona que implica una suerte de ansia o urgencia por conocer, un conjunto de estructuras orgánicas de marcado sentido vertical que pretenden, como sugieren los propios artistas, “explorar la capacidad de la escultura para interactuar con los seres humanos”, esto es, acompañarnos en nuestro paso por la vida. Parece, pues, cierto, como sugería anteriormente, que estas formas sí tienen la ambición de existir en el mundo de un modo paralelo a nosotros. Para ello, han (y hemos) de lograr derribar y prolongar los límites de la cultura para hacer de ella un espacio más amplio y elástico, capaz de dar cabida al poderoso caudal perceptivo que trae consigo el nuevo canon.

Buena parte de estos nuevos estímulos se reafirman en la relación entre el espectador, el espacio y las propias esculturas. Es un guiño obvio a las prácticas minimalistas de los sesenta, aquellas denostadas por Michael Fried por su carácter excesivamente teatral. Venske & Spänle sugieren que cada escultura tiene su correspondiente carácter y que este las hace adoptar comportamientos diferentes en función de las piezas que las acompañan o del espacio en que se integren. En ocasiones incluso introducen alusiones a la naturaleza, paisajes fotográficos que complican, más si cabe, la compleja trama de relaciones entre la escultura y la imagen, lo real y lo figurado, lo tangible y lo etéreo…

Muchas de estas esculturas interaccionan con objetos pertenecientes al acervo cotidiano. Así, una de ellas entabla un diálogo con un radiocasete, otra examina una caja de botella de cerveza, a otra la encontramos metida en una bolsa de la compra. Dos nombres vienen de inmediato a la memoria cuando asistimos a la relación entre estas formas vivas en contextos cotidianos. Los dos, casualmente, son austriacos. El primero, Franz West, concibe una parte importante de su obra escultórica para ser manipulada por el receptor. Son trabajos que tienen un importante contenido psicológico en tanto que obligan a uno a adoptar posturas antinaturales y forzadas. Hay prótesis de yeso que uno toma con sus manos y acomoda a su cuerpo. Hay también formas abstractas y bancos que nos invitan a sentarnos. A través de todos ellos vemos el mundo de otra manera, decididamente más incómoda. ¿Cómo sería vivir permanente así?

El segundo, Erwin Wurm, altanero y corrosivo, nos obliga a repensar qué es una escultura, con trabajos que exigen una reflexión detenida sobre sus límites. Esta es la línea que exploran Venske & Spänle, la de la naturaleza esquiva y contradictoria del material, que a través de Wurm, o de Urs Fischer, se remonta hasta los guiños y trampas de Claes Oldenburg. El carácter antropomórfico de las esculturas de Wanderlust y su visible cercanía a las formas de la naturaleza (las esculturas semejan de algún modo estratificadas) desencadenan un diálogo franco y abierto con el espectador, que asiste asombrado a sus devaneos, a su constante erguirse y contornearse, a un dinamismo epatante y seductor, mientras le sobrevuela una ineludible sensación de extrañamiento.

La cualidad pétrea del mármol de Lasa es también sistemática y conceptualmente subvertida en la serie Smörf, otra tipología determinante en la trayectoria de Venske y Spänle. Son formas sobre las que no es fácil posar la mirada, pues, de tan orgánicas, parecen capaces de sortear la atención que en ellas ponemos. En ocasiones se enfrentan a espejos pero es tal su dinamismo que ni siquiera entonces parecen sus “dobles” coincidir formalmente con ellas. Igualmente proclives a interaccionar con lo cotidiano, suscitan poderosas corrientes narrativas, y, así, contradicen todo ímpetu minimalista. Su presencia en los diferentes emplazamientos, sean privados o públicos, interiores o exteriores, genera una suerte de escenografía que subraya su propia temporalidad. Son esculturas que ocurren en el espacio. No están concebidas para ser instaladas en determinados lugares sino que se quiere que vivan en ellos, que forjen progresivamente su identidad en nuestra platea cotidiana y que nos convenzan de que pueden fácilmente convivir con nosotros en este mundo nuestro cada vez más extraño.

Javier Hontoria