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Galería de arte, Valencia (España)



Xavier Grau
Diciembre 2007

Fernando Castro Flórez

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EL ENTUSIASMO Y LA QUIETUD

Xavier Grau es, sin ningún género de dudas, uno de los mejores pintores contemporáneos españoles, caracterizado por una extraordinaria intensidad gestual y una contundencia cromática memorable.

En sus pinturas es decisivo lo informe (lejos de lo matérico-informalista), en un trabajo que puede comenzar desde el dibujo, con una serie de manchas o en un trabajo de preparación del fondo.

Podría decirse que este artista marca la superficie de lienzo de cualquier manera para establecer una provocación en el comienzo, esto es, para dar rienda suelta a su imaginario gestual vertiginoso. Hay algo contrapuntístico en sus divertimentos pictóricos, incluso podría decirse que la música, valga esta socorrida analogía, que transmiten los cuadros es rápida y laberíntica como la del jazz.

Con todo, surge una especie de dinámica organizadora que frena el horror vacui; la lógica de la fragmentación de los cuadros de Xavier Grau está sostenida en un eje vertebrados o centro temático que visualmente organiza el resto.

Grau señala que hay una cierta manera de percibir el mundo confusa y otra que es concreta, “cuando pienso en la manera concreta no soy capaz de pintar y, en cambio, desde la otra sí. En la primera te interesa distinguir una cosa de otra, hay unos intereses vitales que te conducen. Desde la segunda –la manera vagabunda-, entras en otro tipo de percepción no productiva. Si esta zona del cuadro me funcionase como suelo, me debería preguntar qué hay encima, si hace sombra, cómo se asienta… son preguntas de cómo funciona la percepción física que no son de mi interés.

En aquel momento dejaría de pintar y probablemente no tropezaría”. Buena definición esa de la pintura como tropiezo, error poético, casualidad conservada, más allá de la mecánica aplicación de las fórmulas, de ese manierismo que renuncia a todos los riesgos. Mezclando las líneas del dibujo con el gesto cromático (en el que la pasión por los rojos y los verdes dio paso, en los años noventa, a espectaculares cuadros en blanco y negro), Grau da rienda suelta a su humor ácido; entre esas veladuras y manchas parece que vemos cosas, paisajes, engranajes, conexiones neuronales, mecanismos solteros, ojos apotropaicos.

Ese caos revela que la pintura es una batalla diaria. Los extraños fragmentos figurativos están perfectamente tejidos en el seno de lo que, por emplear una fórmula de Marcelyn Pleynet, podría llamarse automatismo crítico, esto es, una improvisación que está, en todo momento, sometida a control. La pintura de Xavier Grau derivó, en los años noventa, hacia una mayor abstracción, por ejemplo, en la serie Pelikan, reapareciendo lo geométrico.

En los cuadros recientes, que expone Ana Serratosa en su espacio, se advierte una agitación extrema o, mejor, una tensión entre la retícula deshilachada de Bone Black VI (2006) y las manchas blancas que no tienen menos protagonismo que el gran espacio marrón central mientras que en Bone Black II (2006) la geometría para-minimalista se deshace en una maraña que flota, literalmente, por encima de una línea amarilla extraña.
Turbio (2005-2006) es una pieza, sencillamente, magistral en la que Grau despliega toda su potencia gestual, dejando que la pintura chorree verticalmente en medio de un torbellino de trazos que hacen que la mirada no se detenga. Seguramente tenga razón Juncosa cuando apunta que la obra de Xavier Grau es un caleidoscopio; no dejan de admirarnos esas pinturas en las que el orden es, no cabe duda, precario y azaroso, instaurado “sobre un caos irónico de movimiento y color, logrando superficies de gran belleza”.

Una obra dramática y, al mismo tiempo, llena de sarcasmo, fresca e inmediata pero también llena de quiebros, de astucia, vale decir, de sabiduría. Esas composiciones tienen algo de palimpsestos en los que lo velado y borrado, los estratos y las pieles transmiten tanto la atmósfera del enigma cuanto el aire de lo doloroso. Sin embargo, Grau no quiere provocar ningún estado de ánimo especial sino que, más bien, quiere que la pintura provoque.

Este pintor, tan romántico como escatológico, no cesa de insistir en el raro conocimiento que la pintura entraña, pero sobre todo radicaliza su escudriñamiento del mirar mismo. La poderosa obra de este artista nos hace pensar tanto en aquel “paisaje abstracto”, propio del expresionismo americano, que heredaba, su manera la tradición sublime de Friedrich, cuanto en una visión, extremadamente contemporánea, del mundo como un laberinto de ruidos y estímulos diversos.

La honda belleza de la pintura de Xavier Grau nos obliga a situarnos en aquel tiempo de entusiasmo y quietud que tenía que ver con la sensación de que algo nos desborda y, sin embargo, somos todavía capaces de activar nuestra imaginación. Una obra que nos regala esa temporalidad contemplativa tiene que ser, en una época lamentablemente precipitada, elogiada sin reservas.

Fernando Castro Flórez

Fernando Castro Flórez