El mayor poeta subversivo de nuestro tiempo, el gran rebelde lírico, es todavía un desconocido para buena parte del público que le asocia a la poesía visual | Ana Serratosa
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Galería de arte, Valencia (España)


El mayor poeta subversivo de nuestro tiempo, el gran rebelde lírico, es todavía un desconocido para buena parte del público que le asocia a la poesía visual

Publican una antología que recupera la trayectoria poética y vital de Brossa

ROSA MARÍA ECHEVERRÍA. Es un streap-tease conmovedor que muestra con desnuda sencillez la condición del hombre. «Hoja tras hoja desnudo los árboles./Piedra tras piedra desnudo el terreno./Después el cielo desaparece./Y la tierra también se va». Forma parte de la antología poética de Joan Brossa «La piedra abierta» (Galaxia Gutenberg) que ayer se presentó en el Círculo de Lectores. Se trata de una excelente edición bilingüe del transgresor más revolucionario del lenguaje poético del siglo XX. En ella se describe su evolución desde el año 41 hasta el 98, poco antes de su muerte. La selección de los poemas corresponde a Manuel Guerrero, buen conocedor de su obra y amigo personal del poeta y de igual modo se presenta un liminar de Pere Gimferrer sobre su proyección vital y artística.

Un poeta autodidacta

La idea de presentar esta antología en castellano ha supuesto cinco años de intenso trabajo, porque la traducción de sus textos, teniendo en cuenta los distintas variaciones y experimentaciones métricas que utiliza, resulta de una enorme complejidad.

Joan Brossa que nació en Barcelona en 1919 y murió en el 98 nunca tuvo una formación universitaria a pesar de su gran reconocimiento en los ambientes intelectuales. Su padre era un artesano grabador y, como escribe Gimferrer, creció en un ambiente menestral «y en gran parte el recuerdo de estas formas de vida y de su habla nutrirán luego el registro más coloquial de la poesía brossiana».

En esta línea considera una paradoja que un poeta vanguardista radical, heredero del surrealismo, centre su obra en las modalidades estróficas clásicas, como el soneto y la oda sáfica y por otra «en la recuperación del habla y las formas de vida de los menestrales, opuestos en todo a la moral de la revolución surrealista o del marxismo».

Opina que con el tiempo su palabra pareció expandirse hacia una tercera dimensión espacial, ante todo en la poesía escénica, a la que considera «el monumento más vasto de la vanguardia teatral de postguerra en Occidente» para desembocar después en la poesía visual y en la objetual.

Manuel Guerrero, autor de esta antología y comisario de la mayor exposición artística del poeta que se montó en 2001, considera «que muchas personas le asocian más a su faceta de artista visual que a su expresión poética. Y sin embargo, decidió que toda su vida la enfocaría a ser poeta».

La faceta visual de su obra constituye una continuación de su expresión literaria. En sus inicios trabajó con intensidad la poesía escénica de su obra teatral, en una subyugante búsqueda de la esencia, como se descubre en las piezas que se incluyen en la antología. El ejemplo más ilustrativo es: ««Sordomudo». Acto único. Sala blanquecina. Pausa. Telón». Está fechado en 1947 y ya no se puede pedir mayor brevedad a un autor.

Una gran obra inédita

Ya en el año 48 funda junto a Tharrats, Cuixart, Puig, Ponç y Tàpies, aquella revista que pronto se convirtió en emblemática, «Dau al Set» y su intuición estética se orienta hacia el cine que incorpora a su propia expresión, así como la música y las artes plásticas. Él mismo opina que «los géneros artísticos expresan una realidad idéntica. Son los lados de una misma pirámide que coinciden en el punto más alto».

El conjunto de su obra comprende más de 80 libros de poemas, escritos en la forma tradicional como el soneto, la oda y la sextina, pero también en el lenguaje de la vida, que él mismo define como «poesía cotidiana». Su obra teatral inédita se recoge en seis volúmenes que se dividen en cinco bloques: «El teatro literario» (85 obras); «Postteatre» (68 acciones espectáculo); «Ballets o normes de mascarada» (66 piezas), «Fregolisme o monòlegs de transformació» (30 obras); «Strip-tease i teatre irregular» (56 piezas) y «Accions musicals» (17 piezas).

«En los años 60 comenzó a colaborar directamente con Miró y Tàpies, comenta Manuel Guerrero y admiraba de modo especial en Miró su capacidad de abstracción y de síntesis».

El autor de la antología considera que para el poeta «el lenguaje es subversión. Empieza como poeta neosurrealista pero su encuentro con Joao Cabral de Melo, que desde una tradición marxista le acerca a un lenguaje realista. Experimenta el realismo y al mismo tiempo una cercanía con el simbolismo de Rimbaud».

En cualquier caso, Brossa, este artista siempre en la frontera de la transgresión, dejó bien clara su postura: «Si no pudiera escribir, en los momentos de euforia sería guerrillero, en los de pasividad prestidigitador. Ser poeta incluye las dos cosas».

 La broma de un poema visual

En la presentación de la antología, el poeta Antonio Gamoneda expresa sus «cercanías» con Joan Brossa. «Los dos partimos de la pobreza familiar, del autodidactismo y de un marxismo en el que tenía más fuerza el sentimiento familiar que todo aquel montaje de estructuras que no nos llenaban ni a él ni a mí».

Con él vivió una experiencia reveladora. «Nos habían invitado a Avilés porque se inauguraba una Casa de la Cultura y allí él inauguraba una hermosa exposición de sus poemas visuales y yo tenía el papel menor de una lectura. Mientras acababan de limpiar, encontré en el suelo una punta de acero brillante y me la guardé. Cuando estábamos comiendo en el centro de la mesa se encontraba un centro de frutas y en plan de broma saqué mi punta de acero y atravesé una manzana. «Ya tienes un poema», le comenté. Él no dijo nada porque era bastante reservado, pero de pronto se levantó, cogió la manzana y la colocó en la exposición. Para mí tan sólo se trataba de una broma, pero él lo convirtió en un poema cargado de sentido». En esta línea entiende que el título de una gran exposición suya en 1986 llamada «Las palabras son las cosas» Brossa la transforma en la idea poética de que «también las cosas son las palabras».

El «Epílogo», poema final de la antología, constituye un lírico reflejo de la personalidad del poeta: «Conozco la utilidad de la inutilidad./Y tengo la riqueza de no querer ser rico».