Espacios de Pedro Castrortega | Ana Serratosa
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Galería de arte, Valencia (España)


Espacios de Pedro Castrortega

Pedro Castrortega inaugura exposición en Shanghai. Hasta aquí lleva todo un imaginario labrado en Castilla desde su infancia, cómo en territorio chino

Sobre la incidencia formalmente de lo espacial, me encuentro entre quienes la han observado tan profunda y antropológicamente decisiva como la esquemática mítica del tiempo en la organización del atlas simbólico de la imaginación. Incluso en algún momento de la Crítica de la razón pura, Kant llegó a establecer la condición más radical, profunda y directiva de los “esquemas trascendentales” del espacio sobre los temporales. En todo caso, es constatable la realidad de tipos psicológicos fuertemente espacialistas, desde Dante y Cervantes a Wallace Stevens y Jorge Guillén. Y el interesante pintor Pedro Castrortega sería uno de ellos.

 

Por ser Castrortega (1956) uno de los pintores españoles de su generación más activos y conscientes, su obra y las singularidades de su recia personalidad han sido bien atendidas y divulgadas. Destacable es en los inteligentes escritos del autor y en los numerosos estudios críticos que se le han consagrado, el subrayado de unos importantes perfiles insólitos de infancia en las duras planicies manchegas delQuijote. Allí, su padre ejercía un rudo ejercicio de cazador profesional bajo el patrocinio casi amigable de una familia de aristócratas terratenientes.

 

Un lugar de La Mancha

Característico respecto a la fuerte radicación duradera de esos marcos y soporte del desolado espacio de La Mancha campesina en la formación de Castrortega es la insistencia con la que el artista lo sigue corroborando en sus escritos y conversaciones, como está en su estudio: “Yo ancí –evocaba- en un mundo campesino, en tradiciones rurales basadas en el respeto, en la entrega a la labor y la tierra como rito de vida. En casa, ni un solo libro como referente del espacio al que pertenecía. Mi universo era mi entorno familiar, con mis amigos los animales”.

 

De pronto, en este relato idílico, irrumpe el fundamental detalle que Castrortega no se cansa de recordar: “Cuando tenía sólo nueve años, maté mi primer jabalí a cuchillo. Aún recuerdo el pulso del miedo, el olor y el latir de mi corazón que me impedía cerrar la boca…Mi padre se sintió muy orgulloso de mí y desde aquel día trabajé con él”.

 

En mis palabras cruzadas con Castrortega no han escaseado noticias y confidencias de su parte capaces de animar una crónica costumbrista campesina, similar a la de Los santos inocentes. Pero no parece apropiado que ese anecdotario conmovedor suplante en esta crónica otros contenidos de simbolización más abstracta que engarzan el mito espacial de Castrortega con la sublime ficción paisajística manchega, esencializada y simbólica, de Cervantes en El Quijote, porque la misma capacidad formidable de esquematización telúrica alienta al final en las evocaciones de ambos: “Con aquellos trabajos empecé a descubrir la fuerza de mi infancia. Me había criado en un paisaje árido, de llanura, en donde un árbol solitario era un universo que imponía su presencia, sobre todo en los tórridos veranos, cuando el calor confunde los horizontes”.

 

Y si la insaciable sed deslumbrada de un paisaje imposible de “florestas” y ralos bosquecillos protectores consolaba con sombras el imaginario sediento de Cervantes, la misma solitaria sombra del árbol manchego, único y enhiesto, acude con una fidelidad necesaria de espacio esencial a las evocaciones analíticas de Castrortega: “La sombra de ese árbol solitario, plantado en la mitad de la llanura, se pegaba a la tierra como una mancha negra, y allí encontraba yo la dimensión milagrosa del espacio convertido en un ensueño infinito de sombra, como un espacio de protección contra las insolaciones de mi tierra. Allí encontraba el milagro, porque donde había la sombra-oscuridad no ocurría la tragedia ni el miedo. Allí, bajo ese espacio de sombra, se acogía la vida, se protegía del calor asfixiante o de la vista del enemigo”.

 

Consejo de Motherwell

Y desde allí, la vida del atezado hombre y el artista feliz que es Castrortega, fundándole nuevos espacios al transcurso del vector temporal de la existencia. A la instrucción que recibió, temprana, de Motherwell en su primera saisson en Nueva York –“Boy, this is very difficult, you must built a fortress around yourself, and defend it”- ha respondido él con una inabatible fidelidad centrada en su fortaleza – estudio de la Guindalera. Temperamento más cordial que agresivo, y más efusivo que en retranca, Castrortega se ha fijado una “defensa” de su obra fundada en sus mejores armas: un entusiasmo inextinguible por la creación artística y un vislumbre afinadísimo por las hermosuras de la forma. Plasmaciones que garantizan en valores de convicción aquella rara, original vivencia del espacio en sombra protectora de su infancia. Rememoración constituida en el impulso creador de Castrortega: la protección de la sombra contra la fulguración ardiente del sol de los estíos sobre los implacables secarrales de la Mancha.

 

“He relacionado de siempre el objeto y la sombra, que, proyectada sobre el plano, es más o menos fiel a lo que consideramos su realidad. A partir de ahí, he experimentado con la sombra cuando se proyecta sobre una superficie quebrada. Son mis conocidas escaleras, con las que investigué durante mucho tiempo en la extensísima serie Los reflejos impropios. Esas sombras-reflejo, las propias naturales y las impropias arbitrarias, ocupan un espacio muy central en el total de mi obra. El sujeto era absorbido por su propio reflejo-sombra. Llamé Moradas a las experiencias de esa etapa”.

 

Con el ansia de unas alas de Ícaro (no en balde, la investigación pictórica de su mitológica ascensión ha constituido otro de los espacios temáticos de Pedro), el inagotable entusiasmo impulsor de Castrortega se cita ahora con las remotas fortalezas globales de Extremo Oriente. Ahora mismo, Pedro se ha emplazado en la galería In Art Capitalis de Shanghai. Para la capital de las nuevas torres de Babel incalculables ha destinado la voluntad inabatible del menudo niño-campesino que sigue siendo el nuevo bosque encantado de las ocho torres fascinantes que titulan su exposición.

 

Bosque de monolitos

“Los rascacielos forman allí como un bosque de monolitos sagrados de este tiempo. Son las fortalezas –y yo recuerdo en esto el símbolo defesivo de Motherwell- para protegerse, donde significarse en el poder”. Aquí se suspende el impulso exploratorio del niño-campesino. Y retornan las coordenadas telúricas de la lejana infancia: “En aquellas torres inverosímiles, el ser humano contempla el horizonte, perdida ya la línea que nos une a la tierra, otro grado en una geometría tecnificada que lo ubica y acota”.

 

Las ocho torres pintadas por Castrortega, plantadas entre las otras reales de hormigón y acero, aspiran a participar en un futuro que, con los coloridos signos de infancia que las coronan, reclaman los derechos naturales de una diversidad de sentimientos, que, “sin renunciar a la ambición de participar en el futuro, recurren a la naturaleza del árbol y del sueño del agua para continuar siendo pasado”.