¿Estamos en la antesala de una burbuja artística? | Ana Serratosa
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Galería de arte, Valencia (España)


¿Estamos en la antesala de una burbuja artística?

La semana de récords se remata con un cuadro de Lichtenstein por 34.6 millones

Primero, el medio fue el mensaje. Ahora, el precio es cultura. Lo primero lo dijo Marshall McLuhan en 1964. Lo segundo, el profesor de Antropología de la Universidad de Amsterdam Olav Velthius en 2005. McLuhan se refería a la comunicación entre los seres humanos. Velthius, al mercado del arte.

Si el precio es cultura, es una cultura al alcance de muy pocos. El martes, Sotheby’s vendió en Nueva York 59 cuadros de expresionistas abstractos por 299,6 millones de euros (388,5 millones de dólares), en la subasta más cara de la Historia. La cifra fue un 15% mayor que lo que la propia casa de apuestas esperaba, a pesar de que dos cuadros –un Basqiuat y un Brice Marden- había sido estirados justo antes de que empezara la subasta. El cuadro de Rothko Naranja, Rojo, Amarillo, tuvo un precio de salida de 24 millones de dólares. A los 30 segundos, ya había alcanzado los 40. Finalmente, se vendió en 86,9 millones de dólares (67 millones de euros).

No fue un récord, sin embargo. El miércoles de la semana pasada, El grito, de Edvar Munch, había alcanzado los 119,9 millones de dólares (92,5 millones de euros). Es el precio más alto que nunca se ha pagado por un cuadro en una subasta.

De hecho, la burbuja del arte es mucho mayor de lo que esas cifras sugieren. Porque los precios que se pagan en las transacciones privadas entre coleccionistas son más altos. David Geffen –empresario del mundo de la música y ex socio de Steven Spilberg-, Steve Wynn –el mayor competidor de Sheldon Adelson, el hombre que quiere construir un nuevo Las Vegas en Madrid o Barcelona-, y Ronald Lauder –el hijo de la empresaria de la cosmética Esteé Lauder- han pagado entre 95 y 125 millones de euros por cuadros de Picasso, Pollock, de Jooning y Klimt, según la revista Vanity Fair. El récord lo tiene desde enero la familia real de Qatar, que está construyendo a la base de petrodólares una impresionante colección de museos, cuando pagó, como mínimo 192 millones de euros por Los jugadores de cartas, de Cezanne.

Así, mientras en Estados Unidos el salario medio está en el nivel de 1998, y Grecia y España recortan las pensiones, hay gente dispuesta a pagar por un cuadro 200 millones de euros. Acaso sea la mejor definición del archifamoso famoso 1%. A fin de cuentas, según un artículo publicado en la revista Journal of Roman Studies por los historiadores Walter Scheiden y Steven Friesen, de las universidades de Stanford y Texas, la desigualdad de ingresos era menor en el Imperio Romano que en Estados Unidos en 2009. Pero el dinero también procede de las nuevas potencias de la economía mundial: China y otros países emergentes de Asia y los emiratos del Golfo Pérsico.

De hecho, en 2011 tuvo lugar el cambio más trascendental del mundo de la compraventa de arte en 50 años: China sobnrepasó a Estados Unidos como primer comprador mundial de arte, con una couta del 30%, un punto más que EEUU –que había alcanzado el 34% un año antes- y ocho más que Reino Unido. Las cifras proceden de un estudio realizado por la feria de arte y antigüedades TEFAF, de Maatricht, y explica la evolución del sector: a los chinos les gustan sobre todo las obras modernas y contemporáneas; y el Gobierno de Pekín ha lanzado desde hace varios años una campaña a nivel mundial para comprar antigüedades chinas.

De hecho, si alguien tiene un jarrón o una pintura clásica de ese país en su casa y se ha quedado en el paro o tiene problemas para pagar las mensualidades de la hipoteca –o ambas cosas a la vez- puede ir pensando en llamar a la Embajada china, porque ese es el sector más activo del mercado de arte en el mundo, con un crecimiento de la facturación que casi se triplicó en 2011.

Hay todo tipo de motivos para gastarse 100 millones de euros en un cuadro. El más obvio es el ego. Porque, por más que muchos digan lo contrario, invertir en arte es poco racional. Entre otras cosas, porque este no es un mercado líquido, en primer lugar. Y, en segundo término, porque es muy volátil. En la primera mitad de 2008, el mercado del arte vivió una burbuja sin precedentes. En la segunda mitad, se estrelló. Incluso en 2011, a pesar del recalentamiento, esta industria facturó 46.100 millones de euros, según TEFAF Maastricht. Es un volumen inferior al de 2007, antes de que la economía mundial se hundiera a consecuencia del estallido de otras burbujas en el sector inmobiliario de EEUU y Europa.

Igual que el ladrillo generó todo tipo de industrias auxiliares –desde estudios de arquitectos hasta bancos hipotecarios, pasando por decoradores- esta otra burbuja ha disparado el nacimiento de una sucesión de especialistas, marchantes y financieros. Poco iba a imaginar el puntillista francés Camilla Pisarro que su nieto, Lionel, iba a ser uno de los dueños de GPS, una empresa con sede en Nueva Cork que se dedica a buscar obras de arte por todo el mundo para, entre otros, las familias reales de Qatar y Abu Dhabi y el empresario francés François Pinault.

Acaso sea, de nuevo, un ejemplo más de la actual distribución de la riqueza –y del trabajo- en el mundo. En EEUU, las profesiones con mejores perspectivas de empleo en las próximas dos décadas son, según el propio Gobierno, las ingenierías, la consultoría y, después, la asistencia médica y la hostelería: enfermeros, cuidadores, camareros, chóferes y otros trabajos similares.

Es la teoría del trickle down, o sea, del goteo, que Ronald Reagan convirtió en una de sus frases hechas más eficaces: los ricos generan empleos. El problema es que muchos de esos empleos son para que el 99% sirva al 1% mientras éste pone sus obras de arte en cámaras acorazadas.