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Galería de arte, Valencia (España)


Kusama en el laberinto


¿Quién es Yayoi Kusama? Para empezar, la artista japonesa más importante en la historia del arte contemporáneo. Y una outsider de principio a fin. A contracorriente, como mujer y extranjera, se impuso en la escena neoyorquina de los años 50 y después, no dejó de asombrar tanto por sus escándalos como por su prolijidad durante los 60 y a principios de los 70, cuando explosiona en su trabajo el activismo feminista y la psicodelia salvaje. Poco después de regresar a Tokio, en 1977 se interna en un hospital psiquiátrico, donde reside hasta la actualidad y desde el que se traslada cada día a su estudio para trabajar. Kusama, además, en las últimas décadas se ha convertido en una profusa literata.

La retrospectiva de Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929), producida por la Tate Modern pero que inicia aquí su itinerancia para concluir, en 2012, en el Centre Georges Pompidou y el Whitney neoyorquino, tiene el indudable mérito de bucear en el inicio de su trayectoria, con obras propiedad de la artista y prácticamente desconocidas hasta la actualidad; de no simplificar la eclosión creativa de Kusama durante los 60, cuando el medio artístico comienza a reconocerla pionera de la amalgama de nuevas propuestas, con las que su trabajo se va entrecruzando con autoridad, para terminar replegándose en su propio territorio, fuera de la moda; y de poner a disposición del público una gran cantidad de documentos, varios vídeos recuperados y los propios cuadernos y diarios de Kusama.

A cambio, y a pesar de que se me adelanta que el montaje aún sin concluir quedará más “recargado”, no es difícil advertir que las austeras salas del Sabatini han impuesto su norma blanca y las populares instalaciones y environments de Kusama se hallan arrinconadas. La impresión general es que este montaje se traga el “estado mental” al que siempre invita Kusama. Y también el profundo dramatismo, vitalidad inagotable, imposible conciliación entre mente y cuerpo y la alegría lúdica e infantil que han resultado tan atrayentes para el gran público en las colectivas pop y setenteras en la última década. Es decir, Kusama laminada como activista política y contracultural y fuera del espectáculo al que con entusiasmo ha vuelto a prestarse desde su reinscripción en el mainstream, a raíz de su protagonismo en el pabellón de la Bienal de Venecia en 1993.

Aunque en su caso, espectáculo sin industria cultural. Como tantas artistas, familiarizadas con la precariedad, Kusama casi siempre ha trabajado con materiales humildes, cotidianos. Una cualidad que es destacada aquí desde las acuarelas de finales de los 40 hasta la fragilidad de las piezas en su versión del nuevo realismo y las pegatinas de lunares en las instalaciones ambientales que se han llegado a convertir en el logotipo kusama, un modelo para la generación de Murakami.

Esta selección con ciento cincuenta piezas entresacadas de 60 años de producción, entre pinturas, esculturas, instalaciones y vídeos, potencia el acercamiento a la Kusama introvertida, empeñada en afirmar un lenguaje propio en la espiral de un laberinto en el que giran las obsesiones que alumbraron a los visionarios Redon y Wols, a los líricos Klee y Miró y a díscolos surrealistas como Cornell, por mencionar algunas conexiones que suscita el recorrido por sus imágenes bidimensionales. Lo sorprendente es cómo desde el inicio el trabajo de Kusama enlaza la poética simbolista ocular con la característica iconografía oval del corazón-vagina de las posteriores feministas, a las que sigue inspirando después con sus acumulaciones de falos, que forran mobiliarios y vestimentas. Así como, con su serie casi monocroma de finales de los 50 se sitúa como precedente de la repetición serial del ulterior minimal, en composiciones que irán alternándose desde la abstracción excéntrica a las células biomórficas, de resonancia epidérmica, orgánica y hasta cósmica. Un festín para los amantes de la historia del arte y los críticos del relato canónico -o modernista, como dicen los anglófonos- del arte contemporáneo. Pero, sin embargo, hay motivos para dudar de que la serie plástica producida en la última década pueda sobrepasar la categoría de arte “otro”, con su horror vacui de estridente expresionismo.

Como acaba de anunciar a bombo y platillo su departamento de prensa, con esta exposición el Museo Reina Sofía inicia una serie de nada menos que seis exposiciones individuales de artistas mujeres durante la temporada primavera-verano: juntas quizás comiencen a dibujar un puzzle más allá de las singularidades.
Rocío de la villa