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Galería de arte, Valencia (España)


Materiales primarios

A first Vegetal Flow de Bob Verschueren 

Bob Verschueren (Bruselas, 1945) vive y trabaja en Bruselas, cuenta con reconocimiento internacional por sus instalaciones exteriores de gran formato y a lo largo de su dilatada carrera ha expuesto en centros de arte de Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia, Alemania, Luxemburgo, Bélgica y Países Bajos. A First Vegetal Flow es su primera exposición individual en España por lo que resulta toda una suerte que sea en nuestra ciudad. Puede visitarse hasta el 29 de julio en el espacio de Ana Serratosa Arte y está comisariada por el crítico, comisario y editor Pedro Medina (Murcia, 1973), que a su vez trabaja en el Istituto Europeo di Design como docente.

En un constante diálogo con la naturaleza la obra de Verschueren superpone diferentes pigmentos naturales a ambientes en los que esa naturaleza podría o no tener cabida, de modo que habitualmente sorprende con esculturas de enormes dimensiones en campo abierto cercanas al landart pero sin medir con exactitud el paisaje, tomando conciencia de que la tierra impone sus propias normas. Si de la rama que él dobla cuidadosamente, la junta con otras y forma un bello objeto surgen brotes que crecen por sí mismos es que la pieza tiene vida propia. No hay límites para un arte orgánico que siempre ha estado enfocado a la intemperie y que ahora traspasa la frontera del exterior al interior incorporándose a un espacio expositivo cerrado a modo de gran instalación pero con obras que, en su coherencia de conjunto, funcionan independientes.

Las piezas de Verschueren que podemos contemplar en el espacio de Serratosa generan un atractivo ecosistema que replantea la relación entre arte y naturaleza. Son muchos los artistas que, interesados por lo natural, el paisaje y la ecología, investigan y crean en torno a lo paisajístico pero el caso de este en particular es curioso por su manera de proceder, ensanblando ramas como un pájaro para crear lo que parecen nidos gigantes, generando moldes para escultura con hojas de árboles que se hallan cercanos al lugar en el que va a exponer y utilizando pigmentos naturales de las flores que lo rodean, dejándolas secar en instalaciones que son la prueba de que Verschueren ha convertido su amor por la naturaleza en un ejercicio artístico del que hacernos partícipes.

Gracias a la luz solar las plantas convierten el dióxido de carbono y el agua en azúcares mediante el conocido proceso de fotosíntesis y además así frenan el calentamiento global con tal proceso en el cual la energía de la estrella es capturada por la clorofila, un pigmento que es responsable del verde de las hojas. El artista belga toma la clorofila con su pincel y realiza un trazo fresco y ágil sobre tabla que parece dibujar una maraña de tallos verdosos a los que añade ramitas secas de pino recolectadas en Jávea, lo que aquí se denomina pinocha, contribuyendo a formar un collage vegetal que a cierta distancia parece un cuadro de acuarela y grafito.

El respeto por cada entorno natural al que el artista se enfrenta es una característica constante en su trabajo. Después de que se podase un árbol de olivo, recoge algunas de sus hojas y las agrupa en un cuadrado de madera sin marco como si hubiésemos abierto una vitrina de herboristería para abastecernos. Las hojas de olivo se han empleado medicinalmente desde la antigüedad, se supone que su uso para este fin comenzó ya en el antiguo Egipto y se extiende hasta nuestros días en los que consumir aceite de oliva, por ejemplo, es decir, el fruto final que contiene toda la esencia del árbol, sus hojas y ramas, es considerada una práctica de lo más saludable que asienta las bases de la dieta mediterránea.

Se intuye un afán por recordarnos que en la naturaleza está nuestro alimento y nuestra medicina, que debemos cuidarla porque sin ella estamos condenados. Una pieza díptica sobre pared tiene efecto hipnótico, se trata de una fotografía ligeramente doblada en su mitad en la que se nos muestra ambos lados de una hoja en pleno proceso clorofílico, tal vez aludiendo con su forma a un corazón. Por otro lado, encontramos una instalación central que se sirve de semillas, cáscaras, desmenuzadas y enteras mezcladas, a modo de tejido o manto. “La Fábrica del color”, título de la últimoa pieza, posa sobre otro de los muros de la galería una serie de tres macetas con pétalos de flores autóctonas que caen hacia el suelo dejando cada una un círculo de color abajo, manchas cuya presencia es el eco de la paleta de todo pintor.

 

Marisol Salanova

Crítica de arte y comisaria de exposiciones.