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Galería de arte, Valencia (España)


Pólvora mojada en Venecia


La Bienal de Venecia que se ha inaugurado estos días y que cumple su edición número 54 lleva por título ILLUMInazioni. No es que los títulos de las bienales suelan ser reveladores de nada pero conviene detenerse ante éste pues ofrece curiosas paradojas. El prefijo “ILLUMI”, en mayúsculas, se apoya en la metáfora de la luz como motor de toda creación. Éste es el eje medular del discurso que plantea la comisaria suiza Bice Curiger, amparada en la escuela de pintores venecianos del cinquecento que enarbolaron la bandera de la luz, etérea y abstracta, para agrietar la hegemonía de la pintura florentina, cifrada en mayor medida en la precisión del dibujo. Y lo hace a través de la figura tremenda de Jacobo Robusti, Tintoretto, cuya fecunda obra constituye una de las cimas del arte de siempre. La excentricidad de incluir a Tintoretto es pertinente pues en su inmenso legado, que desborda iglesias y museos de todo Venecia, se resumen muchas claves de lo que implica ser artista, para lo bueno y para lo malo. Tintoretto era por un lado enormemente inventivo y genial, irreverente y esquivo a lo normativo. Y, al mismo tiempo, era sorprendentemente irregular, capaz de lo más excelso y lo más burdo en zonas contiguas de un mismo cuadro.

ILLUMInazioni tiene también un sufijo muy claro, “nazioni”, con el que Curiger quiere incidir en el aspecto transnacional de una bienal que mantiene sus pabellones estatales en los Giardini y en otras sedes diseminadas por toda la ciudad. Pero no olvidemos que los pabellones no son competencia de Curiger. Su cometido se ciñe al planteamiento curatorial de la exposición que ocupa el Pabellón Italia de los Giardini y el Arsenale, con su epílogo en la Corderie, y ante un título tan concluyente uno esperaría encontrar una alusión a la realidad geopolítica reinante, tan irritante y compleja. Nada más lejos. ILLUMInazioni se encuentra en el polo opuesto a cualquier consideración política. Hoy, tal vez más que nunca, la Bienal de Venecia es sinónimo de oficialidad, la bandera más visible de un sistema gobernado por el tiránico mercado del arte, y no será éste el lugar desde el que cuestionarlo. No sólo no refleja el statu quo sino que mira displicente hacia otro lado, a excepción, quizá, de un levísimo guiño al Sigmar Polke que representó a Alemania en 1986 o destellos breves de algún joven artista. Venecia es una balsa de aceite que no conviene violentar, un momento y un lugar en el que convergen la complacencia y el tedio. Como en las densas horas finales de Gustav von Aschenbach en el filme de Visconti, revela la porosa decadencia de un tiempo que se extingue. Es la sensación que desprende esta exposición.

La lista de artistas seleccionados, más escueta que otros años, muestra un insolente y ofensivo desprecio hacia lo que hasta hace poco llamábamos periferia. Latinoamérica, por ejemplo, está representada por cuatro artistas, dos mexicanos, una argentina y un colombiano. Los tres primeros viven en Europa. No hay ningún artista procedente de Brasil, la gran cantera que, pensábamos, marcaba el ritmo del presente en el subcontinente americano. Todo se reduce a grandes figuras que triunfan en los mercados centrales. Permítanme un símil: sabemos que Tintoretto nunca salió de Venecia. No era el pintor cosmopolita que fue Tiziano, pero su avidez y su inteligencia le permitieron absorber con rapidez los lenguajes internacionales. De igual modo, una bienal de estas características puede montarse sin dificultad desde un despacho de cualquier ciudad centroeuropea, con los grandes dealers al otro lado de la linea.

La exposición del Pabellón Italia arranca con trabajos de Philippe Parreno y Maurizio Cattelan y uno se pregunta si esto va a ser un cachondeo fenomenal. Tintoretto no tarda en ponernos los pies en el suelo con su inmensa Última cena, la Creación de los animales y la Traslación del cuerpo de San Marcos. Arranca entonces una sucesión de salas que alternan figuras veteranas (Goldstein, Fischlli/Weiss, Sherman, Goldblatt…) con otras emergentes que, sin embargo, no implican riesgo alguno. La Bienal de Venecia tiende habitualmente a refrendar la apuesta de otros porque en su lista de objetivos nunca figuró la necesidad de descubrir nuevos talentos. Artistas como Cyprian Gaillard, Gabriel Kuri, Monika Sosnowska, Shannon Ebner o Nairy Baghramian fueron protagonistas de la Bienal de Berlín que organizó Adam Szymczyk en 2008. Él sí asumió riesgos. Hoy, y más desde ahora, ellos lideran el mercado entre los artistas de su generación. Y si en Berlín sus trabajos se montaban dejándose guiar por sutiles parámetros conceptuales o narrativos aquí sólo quieren cautivar al visitante a través de su imponente visualidad. Es algo que veremos con claridad en el Arsenale.

Pero hay tramos afortunados en el Pabellón Italia, que alcanza altura en las salas contiguas de Gabriel Kuri, Amalia Pica y R.H Quaytman. Kuri se confirma como uno de los artistas más interesantes del momento. Se mueve el mexicano en torno a lo escultórico, cautivado por sus principios esenciales, así el peso o la levedad de los materiales, los nobles y los que no lo son tanto, que impregna de lo cotidiano y lo contingente. Desde una cierta complejidad no exenta de poesía, la argentina Amalia Pica habla de la relación que trazamos entre el pensamiento, la imagen y el lenguaje, y alude paralelamente a ciertos mecanismos de control en su Argentina natal. Y la pintora estadounidense R.H. Quaytman, que veremos pronto en la Kunsthalle de Basilea (que dirige Adam Szymczyk), nos ofrece en su pintura un muy sugerente tratamiento de las imágenes. Quaytman ya triunfó en la última Bienal del Whitney.

En el Arsenale, la obsesión irónica por alcanzar el ideal moderno lleva al hiperactivo Ryan Gander hasta su propia caída. La presencia del inglés es incontestable. Es importante la aportación del único español en la muestra de Curiger, Asier Mendizábal, bien representado en tres lugares diferentes. Su pieza en el Arsenale tiene una intensidad muy lograda con su especulación sobre la estela que deja tras de sí la percepcion de la forma escultórica. Junto a él, la pieza de Navid Nuur, un buen artista iraní afincado en Holanda, resulta algo ingenua. Los grandes nombres y sus monumentales piezas se suceden como si esto fuera la preinauguración de Art Unlimited aunque sí hay espacio para trazar afortunadas relaciones, como las del francés Jean Luc Maylayne con la escultora británica Rebecca Warren, dos artistas próximos en su tratamiento de temporalidad y el equilibrio formal. Ya al final del recorrido, Urs Fischer y Christian Marclay constatan el poder de las grandes galerías frente a la endeblez del discurso. También lo hace Monica Bonvicini, tras un muy buen trabajo de la estadounidense Carol Bove, aunque de la italiana se extrae alguna lectura interesante. Sus esculturas representan escalerillas de plató, luminosas y festivas. Se trata, nos cuentan, de una referencia a la Presentación de la Virgen de Tintoretto y de un reto a la arquitectura del Arsenale. Es una ficción en el marco rotundo de lo real, un escenario fragmentario que deja entrever su propia tramoya de madera, su naturaleza efímera, la sensación de que, tarde o temprano, todo se acaba, que de todo esto sólo quedará un enorme vacío, literal y figurado.
Javier Hontoria