PRESENCIAS DE BERNARDÍ ROIG | Ana Serratosa
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Galería de arte, Valencia (España)


PRESENCIAS DE BERNARDÍ ROIG

 Dos décadas del poliédrico trabajo de Bernardí Roig quedan condensadas en el MACUF de La Coruña (hasta el 8 de julio). Una muestra que engrandece a su autor.

Desde hace tiempo, uno quiere viajar cada vez menos. Por esta vez me he rendido a la amable convocatoria del MACUF en La Coruña, de su directora Carmen Rivera y del propio artista, para visitar una extraordinaria muestra de Bernardí Roig. La razón, muy sencilla: me anunció Bernardí que la exposición, sin declararla antológica, depara la ocasión de ver reunida una suma representativa de sus últimos dieciocho años de trabajo. Y la promesa no defrauda. Así, regreso convivido con muchas de las conmovedoras criaturas plásticas de Bernardí, que hasta ahora me eran familiares únicamente por fotos de catálogos.

Y no es igual, ni muchísimo menos. Para mi que el generalizado trueque de las reproducciones por el original –lamentable para el deleite de los espectadores, y triste y hasta culposo en el caso de historiadores y críticos- sirve como mucho para despabilar la nemotecnia, pero escasamente a la fascinación del impacto estético. Aunque tras este lugar, el infortunio se agrava más tratándose de una obra tan singular como la de Roig. Lo insustituible en las presencias de Bernardí es su enigmática neutralidad, la condición blanchotiana de una presencia de la ausencia. Ese expresivo vislumbre del secreto fascinante en los personajes tan naturalistamente arquetípicos –aquí vale el oxímoron- de Roig.

Deseos táctiles

¡Y que la fórmula se difunda como sea! Se lo prometía así ya Bajtin en sus oscuros años rusos de desempleado: que las ideas funcionan tanto más productivamente sin el nombre del autor. La categoría del neutro blanchotiano, que traduzco con él como “presencia de la ausencia”, esquematiza en los albos pobladores actuales del MACUF la abierta tactilidad de una inmediatez unida a su proscripción. Por eso, cabría pensar que los vigilantes del diáfano museo coruñés no tengan que disuadir demasiadas osadías táctiles por parte de los visitantes con la distancia aséptica que bloquea a estas figuras neutrales. Tal, el barrigudo  que otea inmóvil tras la viga en Prácticas de atención (2007); o el desvencijado autor-víctima del impresionante descalabro de fluorescentes cascados con su caída en Light dream (2008), la adquisición ya titular en el atrio del centro.

¿Y para qué tocarlas, si lo alcanzable de estos personajes pende sobre la inasequible  razón de un vaciado extremo de lo intangible? Protocolos de presencia sobre una ausencia inalcanzable: la condición natural del ser, el término inextinguible –por impracticable- del deseo lacaniano. Lo consagran así la piadosa indiferencia del vecino mallorquín de Roig, sujeto de Perplexity exercises III (2006); o la presencia ausente del artista-amigo Antón Lamazares (Antonfrozen, 2007), congelado y superior, a prueba de la provocación de la Lady B lúbrica, transcrita al formidable dibujo vecino, sacerdotisa del intrincado erotismo “soberano” que le apuntó Bataille. Tengo para mí, por lo demás, que todas estas cavilosas criaturas plásticas asumen un esfuerzo convincente que las diferencia den las deserciones aporéticas de la reconstrucción, desde la del intermedio período de Derridaa las pirotécnias últimas, trileras, incrédulas jugarretas del talentoso Paul de Man.

¡No, ni muchísimo menos! Los viejos mentores existencialistas de la perplejidad  de Bernardí –Blanchot, Bataille, Klosssowski o la rezagada literatura existencial de Thomas Bernhard- no practicaban la golfería nihilista de eternizarse escribiendo sobre la inviabilidad de la écriture. Como para Blanchot, Bataille y la gran mayoría de los mortales, el desencuentro de Bernardí con la significación satisfactoria, la razón con la ausencia presentificada, arranca con la inconfortable gravedad de la muerte. Pero como Bataille y Blanchot, Roig no ha dejado de ensayar unas presencias bajo algún vislumbre esperanzadas, negativos aproximados a la densidad de otras tantas ausencias esforzadamente entrevistas.

Criaturas enigmáticas

En eso se vienen ejercitando las enigmáticas criaturas que Roig ha instalado en el MACUF, a partir de los autorretratos y dibujos que arrancan con el magisterio naturalista de La mort du peintre, todavía de 1994, rival en verismo patético nada menos que del Cristo muerto de Holbein; seguido de los dibujos de transición que se prolongan con Kcho y Masset., de 1995, y en Paipets y el baconiano Autorretrato de 1998.

El galardonado La mort du peintre inaugura en el MACUF la definitiva ribera hacia el espacio central del ámbito artístico actual de Roig. Significativamente elaborada con las cenizas de los lienzos quemados tras la primera manera del artista, Bernardí quiso declarar su abdicación de las propias ventajas al servicio de su vislumbre trascendental de una poética de la ausencia. El argumento: su decidida defección del conmovedor virtuosismo plástico, el del Bernardí-Cristo, muy superior a los academicismos travestidos, por lo demás, siempre inocentes, del anacrónico gremio híper de nuestro país. Pero la indoblegable expectativa simbolizadota, existencia, de Bernardí se refuerza con otro género principal de alternativas a las presencias ausentes blanchotianas de sus esculturas blancas. En las videoproyecciones y dibujos sobre Lady B, (iniciadas con Por(no)pulsión, de 2002, y Ejercicios de amor para Catherine Lescault, de 2005), Bernardí se acogió con inocultado regusto exultante a la veta erótica que le señalara la literatura y el pensamiento de Bataille.

No minimizad, sin embargo, la pujante impulsión pornográfica del vídeo y los dibujos sobre el ciclo de Lady B respecto a la voluntad, también en último análisis superviviente o cuando menos antitanática, de los análisis eróticos de Roig. Iluminado por la filosofía de las prácticas “de soberanía” de Bataille, el ejercicio de afirmación soberana de todos los instantes de joie de vivre de Bernardí, excedentes a la “discontinuidad” mortal, lo testimonia sobre todo el grupo escultórico de Diana y Acteón (2005), con la innumerable seriación de sus ensayos pictóricos. Seguramente la aportación más animada y brillante en la memorable (histórica) antología-no-antológica de Roig en el MACUF.

Esto no es el fin

¿Y hacia dónde saltar ahora tras tantas plasmaciones felices de la elocuencia de las presencias blancas de la carrera de Roig constituido; que no más ya las verbosidades críticas sobre los más bien breves titubeos tempranos de un Bernardí encenizado en negros, atisbos pronto clausurados con sus definitivas figuras blancas de 2003, tras el fallido ensayo general de un jamás ocurrido Fin de la Historia?

La intutelada fecundidad –por momentos genial- de Bernardí se ha ganado ya el margen de confianza que promete nuevas salidas de crecimiento original. No se le otean las amenazas comunes de fatiga y agotamiento que han dado en la extenuación borrada de las metonimias abstractas de unos talentos, o en los intransitables laberintos arqueológicos sin expansiones posibles de algunos otros. La impetuosa creatividad de Bernardí resiste con imágenes de evidencia. La última obra expuesta en MACUF, La luz no importa (2010), quiere orientar hacia la depuración extrema del in fieri: una presencia deconstruida arraigando corporalmente ausencias de futuro.

 

 

 

Antonio García Berrio