“VOY A LA CAZA DE ALMAS, NO DE MASAS” | Ana Serratosa
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Galería de arte, Valencia (España)


“VOY A LA CAZA DE ALMAS, NO DE MASAS”

Retrato del joven artista al que dieron la extremaunción. Su primer buen negocio, mediados de los 40, fue un Christmas para Galerías Preciados.

DANIEL VÁZQUEZ SOLÍS

Es imposible entender a Antoni Tàpies sin conocer unos orígenes que marcaron su obra a lo largo de toda su carrera. Tàpies era hijo de Joseph Tàpies i Mestres, abogado, y de Maria Puig, hija de políticos catalanes. Rodeado de libros y educado en un ambiente social y cultural incandescente, fruto de la amistad que mantenía su padre con personajes de la vida pública catalana, Antoni mostró su precocidad intelectual cando descubrió un número extraordinario de Navidad de la revista D’Ací y d’Allà, coordinado por Joseph Lluís Sert y Joan Prats, con textos de Zervos, Foix y Gasch, y reproducciones de obras de Picasso, Braque, Gris, Léger, Mondrian, Brancusi, Kandinsky, Duchamp, Arp y Miró. El impacto fue de tal magnitud, que el niño de 11 años empezó a hacer del arte una de sus obsesiones. Una obcecación de autodidacta que no convertía en modus vivendi hasta 1946.

Entre ese descubrimiento infantil sucedió en 1934 y su salto al vacío artístico en 1946 pasaron varios acontecimientos que le hicieron tocar la muerte con los dedos y que acabaron de pulir su compleja personalidad. Experiencias que, con el tiempo, le hicieron abrazar el arte como salvación casi mística. “Voz a la caza de almas, no de masas”, dijo el pintor en una entrevista.

Antoni Tàpies jamás olvidó los intensos bombardeos que sufrió Barcelona durante la Guerra Civil. Una experiencia, la del miedo a morir, que en algunas ocasiones vivió junto a su madre en el refugio del Paseo de Gracia, y en otras menos afortunadas, bajo los tejados de unas casas que parecían una carcasa inútil, como la vez que tuvo que refugiarse bajo la mesa del despacho  que tenía su padre cerca del Carrer del Bisbe, con las bombas cayendo a dos pasos, en la Plaça Nova, frente a la Catedral.

Los años posteriores a la contienda no fueron más amables para el hijo de una familia de derrotados. Primero fueron fiebres de Malta, luego una grave enfermedad pulmonar por la que recibió los últimos sacramentos. “Se está acabando, se está acabando”, llegó a gritar su madre postrada en la cama. Una durísima vivencia de la que logró recuperarse tras dos años de convalecencia por distintos centros balnearios, y cuyo legado fueron muchos dibujos y el descubrimiento de escritores como Thomas Mann, Stendhal, Proust, Gide y Dostoievski.

A pesar de sus inclinaciones artísticas, el joven Tàpies decidió iniciar lso estudios de Derecho en la Universidad de Barcelona, carrera que abandonó prematuramente, pero que le permitió crear una red de amistades que serían en un futuro no muy lejano el tuétano intelectual de Barcelona. Carlos Barral, Alfonso Costafreda, Jaime Gil de Biedma, Alberto Oliart, Joan Reventós, Joseph M. Castellet, Manuel Sacristán y Pere Portabella eran algunos de sus condiscípulos de claustro. La amistad perduró.

La influencia del crítico de arte Josep M. Junio fue el fundamental para tomar la decisión de montar su primer estudio de la valle Diputación. De esta época data Zoom, uno de los primeros lienzos, en el que el pintor muestra su rechazo a la civilización moderna y su deseo de que el hombre vuelva a tener una relación más íntima con la naturaleza. Esa pequeña isla de creatividad le permitió producir sin descanso y mostrar su obra incipiente a personas fundamentales para su trayectoria artística. Conoció a Sebastià Gasch, que publicó en Destino el artículo Unos dibujos de Tàpies, y a su admirado Foix pocos meses antes de que llegara el año clave para el pintor: el 48.

1948 no sólo fue importante por exponer como primera vez como profesional en el I Salón de Octubre de Barcelona, sino también porque conoció a Joan Brossa y a Arnau Puig, y junto a otros tres jóvenes, Modest Cuixart, Joan Joseph Tartas, y Joan Ponç convirtieron los encuentros en un hábito. El lugar, un bar de la Plaza Molina, en el barcelonés barrio de Gràcia. La finalidad de las tertulias era intercambiar lecturas y conocimientos, y con ese inconformismo ante la España franquista y siguiendo una máxima orteguiana, “pensar para actuar”, decidieron construir Dau al Set, el primer grupo vanguardista surgido en la posguerra.

Como escribió Arnau Puig, el único superviviente de los cinco, lo que sorprendía de Tàpies era su enorme sensibilidad, cualidad que el convertía en una persona necesitada de transformar el universo en formas y objetos. “Aunque cuando hablo del cosmos me refiero siempre a ese cosmos próximo. Lo demás son divagaciones. De lo demás no sabemos nada”, dijo en una entrevista de Carmen Rigalt.

VUELO EN SOLITARIO

Tàpies tenía la curiosidad insaciable típica de los inconformistas, y empezó a volar en solitario a partir de su primera exposición individual, en 1950. su presencia en la Bienal de Venecia en 1952 le permitió cruzar el charco e internacionalizar su arte y su nombre exponiendo en la galería neoyorquina Martha Jackson en 1953. de sus primeros ingresos conocidos como pintor, 12.000 pesetas por ganar un concurso de tarjetas navideñas organizado en Madrid por Galerías Preciados, a su irrupción en el panorama pictórico mundial tan sólo transcurrieron seis años.

 

Dicen que sus años más brillantes son los comprendidos entre 1954 y 1967, época en la que pintó sus cuadros más cotizados y que se ubican en los principales museos de arte contemporáneo del mundo. Una larga carrera que tuvo en su mujer, Teresa, al cómplice perfecto para mantener viva la llama de un pintor capaz de reinventarse y no renunciar jamás a su compromiso político con Cataluña.